Archivos de historia del movimiento obrero y la izquierda, nº 22
marzo 2023 - agosto 2023
ISSN 2313-9749
Centro de Estudios Históricos de los Trabajadores y las Izquierdas

Enzo Traverso, Revolución. Una historia intelectual, Buenos Aires, FCE, 2022, 615 pgs.


Mercedes F. López Cantera
ORCID: 0009-0001-0053-2918  

Universidad de Buenos Aires - Consejo Nacional de Investigaciones Científica y Técnica - Centro de Estudios Históricos de los Trabajadores y las Izquierdas, Buenos Aires, Argentina

Cita recomendada: López Cantera, M. (2023). Enzo Traverso, Revolución. Una historia intelectual (2022). Archivos De Historia Del Movimiento Obrero Y La Izquierda, (22), 189-191. https://doi.org/10.46688/ahmoi.n22.408

* * *

En el reciente debate que Enzo Traverso entabló con George Didi-Huberman (publicado en castellano en Acta Poética 44), aquel profundizó sobre los riesgos de la falta de contextualización y de contenido político. El disparador de esa discusión se encuentra en la introducción de Revolución. Una historia intelectual, y los argumentos de Traverso pueden pensarse como una continuidad del propósito del libro: la necesidad de historizar para poder conceptualizar o teorizar. En el caso de Revolución, la operación de reponer hechos, sucesos y procesos, y de ubicar en tiempo y espacio a revolucionarios y teóricos, funciona en tanto un ejercicio intelectual que el autor califica como necesario y que vincula a un propósito político: el de brindar una reflexión sobre los procesos revolucionarios ocurridos entre la Revolución Francesa y la crisis de la Unión Soviética, en vistas de pensar cómo encarar futuras transformaciones económicas, políticas y sociales.

Publicado en 2021 en inglés, el autor asume este trabajo como deudor de los planteos de Karl Marx y Walter Benjamin, una afirmación que indica en qué tradición Traverso pretende inscribir su obra. No obstante, el diálogo que establece con León Trotsky y Carl Schmitt, como así la presencia –escasa en citas pero no en temáticas– de Reinhardt Kosseleck, son muestras de sus otras herencias. La invitación a historizar y conceptualizar la revolución se compone de seis capítulos temáticos. Suele ser una crítica recurrente que Traverso organiza sus publicaciones como rompecabezas, bajo la sospecha de que sus piezas no son otra cosa que ensayos aislados que decidió unificar. Si bien la reiteración de algunas problemáticas puede ser una objeción consistente, el hecho de que el formato cuestionado se reitere en este libro y en A sangre y fuego, La historia como campo de batalla y Melancolía de izquierda, a esta altura debería ratificar que se trata de su propio estilo.

La elección de los dos ejes del libro, las revoluciones de 1789 y de 1917, va en sintonía con un debate ideológico, que juega con el rescate de las potencialidades transformadoras de esos procesos y la crítica e incluso impugnación a las consecuencias de sus violencias desbocadas. Esto último se realiza tomando distancia de una de las dos lecturas que, de acuerdo a Traverso, hegemonizan la crítica a la experiencia del comunismo soviético: es constante su rechazo a las interpretaciones de la línea Payne-
Sternhell-Mosse, discusión que viene encarando desde su trabajo El totalitarismo: historia de un debate, y que profundizó en La historia como campo de batalla: interpretar las violencias del siglo XX, donde ratifica que no hay lugar para la asimilación entre fascismos y socialismos. Así, las continuidades y rupturas políticas, semánticas, estéticas, entre el proceso francés y el ruso se plantean marginando otros casos, dentro de los cuales destaca su insistencia por relativizar el impacto de la Comuna de París. Sin embargo, esta selección no anula la pretensión totalizadora del autor con este trabajo, un propósito muy valioso en un contexto en que la producción historiográfica no se caracteriza por estudios abarcativos, pero que implica correr riesgos en los que cae.

El primer capítulo, el más histórico de la obra, se propone contextualizar la representación marxista de las revoluciones como locomotoras, para recordar no solo el cambio que experimentó el término revolución sino también la humanidad a lo largo del siglo XIX. Esta revisión de los sentidos y del concepto es continuada en el tercer capítulo, dedicado a los símbolos y los lugares de la memoria, en el que repasa el legado de 1789 desde Kant, Hegel, Marx y Engels, incluyendo las tensiones que en el análisis de epopeyas emancipatorias pueden infligir las consideraciones sobre el Terror jacobino y la dictadura del proletariado. Este enfoque teórico es alternado por aquellos capítulos dedicados a los y las protagonistas de las revoluciones. En esa línea, el segundo capítulo, “Cuerpos revolucionarios”, vuelve al terreno de las representaciones desde la plástica, la literatura, los textos de Trotsky y de Tocqueville, y de los propios cuerpos físicos, desde ser símbolos contradictorios (la conservación del cadáver de Lenin) o abyectos (la mutilación y vejámenes sobre el de Benito Mussolini), pasando por la biopolítica, las discusiones sobre las relaciones entre Estado, revolución y soberanía. Asimismo incorpora reflexiones valiosas por su inclusión en sí, aunque no renovadoras, sobre la liberación sexual y el rol de las mujeres. El cuarto capítulo, el más extenso, apunta a otro tipo de protagonista y lo hace desde una reconstrucción minuciosa y ambiciosa: las trayectorias de intelectuales revolucionarios son analizadas para delimitar, no una periodización como ocurre en los otros capítulos, sino una categoría. Mientras señala la ausencia de las masas proletarias en el liderazgo de ciertas gestas emancipatorias, elige devolverle el rostro humano a las revoluciones desde los y las intelectuales que, sean parias, bohemios o desclasados (términos en los que profundiza), no dejan de ser una minoría. Al mismo tiempo, la definición de esos actores reposa principalmente en casos europeos, a pesar de que en su afán totalizador incorpora referentes de América Latina, Centroamérica y el Lejano Oriente, a los que engloba bajo la categoría de “mundo colonial”.

El quinto capítulo vuelve al terreno de las ideas y los conceptos al explorar las distintas genealogías del término libertad y sus contrapuntos con liberación. Acorde con el objetivo político del libro, aquí aparece la crítica a las corrientes liberales, donde el cuestionamiento a Hannah Arendt es obligado. Es probable que ello y la referencia a la libertad como “cáscara vacía” de Herbert Marcuse (que el autor desarrolla a través de la discusión con Jean Paul Sartre y la referencia a diversas apropiaciones pictóricas y simbólicas) se relacionen con una discusión que Traverso no da directamente en este libro pero sí en otras publicaciones. El ascenso de nuevas derechas y la reversión de otras “viejas” parece ser combatido desde esta denuncia contra la flexibilidad y poca consistencia que puede significar la defensa de la “libertad”. Este debate vuelve de forma tácita en el último capítulo, “Historizar al comunismo”, el de mayor cohesión quizás por ser el resultado de los cursos que dictó entre el 2018 y el 2020 en diversas universidades bajo esa propuesta. En este caso, el autor propone una salida superadora tanto a la idealización de la experiencia del comunismo soviético como al relato anticomunista de la Guerra Fría. A través del análisis de las que considera las cuatro formas del comunismo en el siglo XX (revolución, régimen, anticolonialismo y socialdemocracia), busca impugnar la lectura conservadora de la ligazón Lenin-Stalin sin negar la existencia de vasos comunicantes entre la revolución bolchevique y el estalinismo.

Llegado a este punto, la intención de dar pelea al bastardeo de la tradición revolucionaria que realizan las nuevas derechas o la historiografía liberal y conservadora es una explicación factible de la motivación que disparó esta publicación. Esto nos conduce a la pregunta de si el propósito de Traverso es una operación de reflexión y superación sobre la experiencia revolucionaria, o sobre las izquierdas, en la que incluye a la Ilustración. El último capítulo se inclinaría por esa segunda opción, al poner en evidencia no solo su disputa con Eric Hobsbawm (no habría “era de las catástrofes”), sino también su preocupación por el abismo ideológico y político que el fin del socialismo real dejó en el mundo, y que queda expuesto en su interpelación a “una nueva izquierda global”. Con ello complementa el negativo diagnóstico que fue su anterior libro, Melancolía de izquierda, con el que posiblemente Revolución conforme una especie de Jano, el dios de las dos caras. Y el de la incertidumbre de lo que está por venir.