Archivos de historia del movimiento obrero y la izquierda, nº 28
marzo 2026 - agosto 2026
ISSN 2313-9749
Centro de Estudios Históricos de los Trabajadores y las Izquierdas

La convergencia entre Montoneros y las FAR.
Un ejercicio comparativo sobre sus definiciones políticas en el tránsito hacia su fusión


Carlos Ignacio Custer

Universidad Nacional de Quilmes – Centro de Estudios Históricos de los Trabajadores y las Izquierdas
Buenos Aires, Argentina
carlosignaciocuster@hotmail.com
ORCID: 0000-0003-4291-4268

Title: The convergence between Montoneros and the FAR. A comparative approach of their political definitions in the path to the merger.

Resumen: El propósito de este trabajo es efectuar un ejercicio comparativo sobre las concepciones ideológicas y políticas de Montoneros y las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR). Las afinidades estratégicas fundamentales fueron el basamento que permitió mitigar algunas de las divergencias y matices existentes entre ambas. Entre estas, destacamos –como primordiales– la función asignada a la burguesía en el proceso de liberación nacional, la caracterización de la organización armada y su vinculación con el movimiento peronista y el rol otorgado a Perón en el marco del proceso revolucionario que buscaban emprender.

Palabras clave: Montoneros – Fuerzas Armadas Revolucionarias – Lucha armada – Fusión

Abstract: The aim of this article is to offer a comparative analysis of the ideological and political conceptions of the Montoneros and the Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR). Their strategic affinities provided the basis for mitigating some of the previous divergences between the two groups. Among these, the role assigned to the bourgeoisie in the national liberation process, the characterization of the armed organization and its connection to the Peronist movement, and the role assigned to Perón within the revolutionary process they sought to undertake, were the essential ones.

Keywords: Montoneros – Fuerzas Armadas Revolucionarias – Armed struggle – Merger.

Recepción: 1 de octubre de 2025. Aceptación: 12 de marzo de 2026.

* * *

Uno de los campos más prolíficos de la denominada “historia reciente” han sido las trayectorias seguidas por las organizaciones armadas revolucionarias “setentistas”. A pesar del abundante cúmulo de escritos, ya sea en forma de reconstrucciones testimoniales, ensayos, obras periodísticas e investigaciones académicas, los estudios comparativos, particularmente entre estas últimas, han escaseado, en términos relativos, si nos atenemos a la cantidad y diversidad de trabajos disponibles. Sin embargo, en los últimos años ha comenzado a revertirse, parcialmente, esa tendencia. Al pionero trabajo de Caviasca (2006), que se abocó a las dos formaciones principales –Montoneros y el Partido Revolucionario de los Trabajadores-Ejército Revolucionario del Pueblo (PRT-ERP)– se adicionaron, en modo más reciente, los estudios de Montali y Iazzeta (2016) sobre la Organización Comunista Poder Obrero (OCPO) y el PRT-ERP, de González Canosa y Stavale (2021) acerca de las organizaciones político-militares peronistas (Descamisados, Fuerzas Armadas Peronistas [FAP], FAR y Montoneros) y el de Cormick (2023a), quien plantea un enfoque que trasciende el clivaje entre formaciones peronistas y marxistas al abordar el desafío que supuso la política no armada en las trayectorias de las FAR, Montoneros, OCPO y el PRT-ERP.

Si bien el primero de los trabajos señalados efectuaba algunas precisiones mínimas sobre las FAR, tales como su carácter bisagra, su mayor profundización teórica y la necesidad –expresada desde un principio– de la construcción de un partido de vanguardia encargado de conducir el proceso revolucionario (Caviasca, 2006, pp. 11, 28-30), las dos últimas obras mencionadas, al tomar como elemento de comparación tanto a FAR como a Montoneros, han consagrado un mayor lugar a la contraposición entre ambas, cuestión que incumbe, exclusivamente, al presente trabajo. González Canosa y Stavale (2021) han destacado los diferentes “cauces de radicalización” y “estilos de peronización” (desde la izquierda por parte de las FAR y desde el catolicismo por parte de Montoneros), así como también una lógica más instrumental en su relacionamiento con el activismo “de base” de las primeras en torno a la concepción de los Comandos de Apoyo que, a diferencia de la Unidad Básica Revolucionaria montonera, no contemplaban la posibilidad de convertirse en “conducción táctica” de la movilización popular. Por su parte, Cormick (2023a, pp. 129-133, 303-305) ha señalado muchas más sintonías entre las FAR y Montoneros que discrepancias, sobre todo en relación con el PRT-ERP y OCPO. En concreto, ha destacado la prioridad dada a la lucha armada en desmedro del engarce con el “movimiento de masas” en el momento fundacional, la necesidad de emprender una vinculación con aquel como objetivo fundamental de una segunda etapa habilitada por el GAN y potenciada por el “engorde”,1 la suspensión formal del accionar militar en pos de priorizar la movilización partidaria y la participación en espacios institucionales de gobierno a partir de la asunción presidencial de Héctor Cámpora y hasta la ruptura de la tregua con la gestión estatal en septiembre de 1973, cuando la fusión de ambas organizaciones era ya un hecho.

Atento a esa carencia relativa en la bibliografía, estimamos que la adopción de un enfoque comparativo que tome a las FAR y Montoneros como objetos de relacionamiento debe contemplar, al menos, tres aristas fundamentales. La primera remite al modo de presentarse que protagonizaron al momento de darse a conocer públicamente, proyectando una imagen de sí mismas levemente disímiles, cuestión a la que hemos dedicado ya un trabajo específico (Custer, 2023). En segundo lugar, las concepciones políticas y definiciones previas a su unificación tanto en términos de objetivos y de estrategia política como de caracterizaciones y definiciones sobre el proceso revolucionario que pretendían impulsar. Y finalmente, un abordaje que contemple las magnitudes relativas de cara a una fusión que terminó concediendo a Montoneros una mayor preponderancia. A modo de dar un paso tendiente a completar dicha tarea, en este artículo priorizaremos el segundo de los elementos enunciados, con la finalidad de poder focalizarnos detenidamente en sus aspectos más salientes. Con ese objetivo en miras, la exposición se dividirá en dos secciones diferentes. En la primera abordaremos los posicionamientos generales de FAR y Montoneros a la luz de las posturas asumidas por las organizaciones político-militares peronistas y que han sido abordadas, como haremos mención, de manera disímil por la bibliografía existente. Y en la segunda exploraremos, específicamente, los puntos de diferenciación entre ambas formaciones que, a la luz de lo indagado, demostraremos que estuvieron lejos de ser significativas, elemento que coadyuvó a su acercamiento y posterior unión. Finalmente, arribaremos a unas conclusiones provisorias que nos permiten establecer un punto de comparación relevante entre las concepciones ideológicas y definiciones políticas de las organizaciones bajo examen con el objeto de lograr un mayor esclarecimiento del proceso que condujo a su unificación.

Los clivajes en el campo de las organizaciones político-militares peronistas: “alternativismo”, “movimientismo” y “tendencismo”

En cuanto a sus concepciones ideológicas, tanto FAR como Montoneros compartieron premisas similares en cuanto al método, objetivo e identidad política. Sobre el primero, no había ninguna disonancia entre ambas al considerar las FAR que la lucha armada era el medio más eficaz a la hora de diseñar una estrategia revolucionaria, al avizorar la posibilidad de conformar un “ejército popular” capaz de desencadenar una “guerra popular”.2 Montoneros, por su parte, sostenía que, a partir de su aparición pública (mayo de 1970) mediante del secuestro y asesinato del Teniente General (R.) Pedro Eugenio Aramburu, la lucha armada había pasado a “pesar sobre la realidad política” del país y era promovida como el mecanismo catalizador de una “guerra popular” que debía ser, con reminiscencias maoístas, “total, nacional y prolongada”. En cuanto a sus propósitos, la enunciación montonera, si bien tendía a aparecer como más difusa que en los documentos de las FAR (en donde la construcción de una sociedad socialista requería necesariamente de la aplicación a la realidad argentina de los instrumentos de análisis legados por el marxismo-leninismo), no dejaba de advertir, esgrimiendo que la doctrina peronista se fue “reelaborando y actualizando durante los 25 años posteriores” a su nacimiento, que las tres banderas del movimiento se expresaban, en 1970, en la necesidad de “lograr un desarrollo económico independiente y una justa distribución de la riqueza, dentro del marco de un sistema socialista que respete nuestra historia y nuestra cultura nacional”.3

Montoneros, al igual que las FAR –que se definieron abiertamente peronistas a partir de abril de 1971, luego de haberse dado a conocer en julio de 1970–, apostaban entonces a una renovación del peronismo que contemplase la posibilidad de cierta transmutación socialista, a tono con ciertas definiciones genéricas de Juan Domingo Perón en favor de un “socialismo nacional”. Pese a la ambigüedades con las que pudo haber sido empleado ese término entre los diferentes actores y algunas innovaciones introducidas en algunas obras, como La hora de los pueblos (1968) y Actualización política y doctrinaria para la toma del poder (1971), algunos autores han destacado que el pensamiento político de Perón no se modificó profundamente durante su exilio, más allá de cierta “apertura hacia la izquierda” que obedeció a razones de índole táctica (Plotkin, 1993, pp. 55-65; Ratliff, 1993, pp. 265-269). Al calor de las transformaciones ocurridas en el escenario político internacional de la década de “los 60”, el exiliado dirigente incorporó algunos elementos –como la necesidad de una “actualización doctrinaria” y el “trasvasamiento generacional”– que, sumados a las apelaciones al “socialismo nacional”, dieron forma a un discurso ideológico cuanto menos ambiguo (Otero, 2019, pp. 121-122). Estos, además, tendieron a ser recibidos selectivamente por los sectores que, en proceso de franco crecimiento, pasaron a ser denominados como la “tendencia revolucionaria peronista” (Goldar, 1990, pp. 22-30).

Por lo expuesto, podemos determinar que, a principios de 1971, las aparentes o potenciales divergencias entre ambas organizaciones se fueron puliendo, permitiendo su participación conjunta en las Organizaciones Armadas Peronistas (OAP) junto a las FAP.4 Precisamente, esa experiencia potenció, aún más, las afinidades mutuas separándolas de estas últimas orientadas, a partir del año siguiente, en una dirección diferente al proclamar la necesidad de construir una “alternativa independiente” para el conjunto del movimiento peronista, hecho que dio inicio a las divergencias que culminaron con su fragmentación y condujeron a la disolución de las OAP.5 La predisposición, en cambio, de Montoneros y de las FAR a participar de instancias del movimiento y a no segregarse tajantemente de la coexistencia, aunque más no sea transitoria y conflictiva, con otros sectores del peronismo las condujo a propiciar una alternativa revolucionaria pero “desde adentro”. En cierto sentido, esta disyuntiva que detonó las OAP entre las FAP, por un lado, y Montoneros, FAR y Descamisados, por el otro, reeditó el dilema planteado por el peronismo a la izquierda, según fue formulado por Altamirano (1992, p. 27): “¿Qué aguardar, entonces, la crisis o la transmutación?”, y “¿desde dónde hacerlo –desde afuera o desde adentro–?”. La peculiaridad del planteo de las FAP es que, sin dejar de proclamarse peronistas, intentaron impulsar la “transmutación” del peronismo, es decir, una especie de regeneración “desde las bases” que, en la práctica, era, en realidad, “desde afuera”.

Estas diferencias en torno a los posicionamientos de las organizaciones político-militares respecto del peronismo y de la figura de Perón han conducido a Lanusse (2005, pp. 255-256) a establecer, no obstante, una categorización “tripartita”: “alternativistas”, “movimientistas” y “tendencistas”. Estas tres posturas son definidas por el autor como “típico- ideales” en el sentido weberiano. Es decir, como nociones abstractas que difícilmente pudiesen darse en el seno de una agrupación en estado puro. El “movimientismo” se caracterizaba por otorgarle al peronismo en su conjunto y a su líder el carácter de revolucionarios, postulando la necesidad de impulsar métodos combativos como modo de radicalizar el movimiento y erradicar a los “traidores”, quienes, ante la dinámica de la lucha, se verían obligados a sumarse al proceso o quedar relegados. El “tendencismo” reconocía la existencia de diferencias irreconciliables con ciertos sectores del movimiento, aunque le reconocía potencialidades revolucionarias al peronismo que solo podrían desarrollarse si los sectores revolucionarios lograban hegemonizarlo, hecho que de cumplirse decidiría a Perón a volcarse en ese sentido. El “alternativismo”, en cambio, sostenía la necesidad de desarrollar una herramienta y una práctica política propia e independiente de los “burócratas” y “traidores”, dado que la propia experiencia histórica del peronismo evidenciaba que estos, por medio de sus estructuras, siempre habían terminado por imponerse aplastando el impulso de los sectores revolucionarios. Manteniendo la identidad peronista y con una postura en cierto sentido “clasista”, no admitían abiertamente que dentro de su visión se desprendía la idea de Perón como un líder burgués y reformista. Varios estudios han retomado esta visión “tripartita” para dar cuenta de los disímiles posicionamientos de las organizaciones armadas que, según el esquema usual, contemplaban unas FAP “movimientistas” que viraron hacia el “alternativismo” a partir de 1971, Descamisados adscripta al “movimientismo” pero que, a fines de 1972, confluyó en la perspectiva “tendencista” encarnada por Montoneros que, desde mediados de ese año, venía alineándose, en torno a esa postura, con las FAR (González Canosa, 2021, p. 210; González Canosa y M. Stavale, 2021, p. 15; Cormick, 2023a, pp. 98, 127-128).

Por la notoria sintonía del eje FAR-Montoneros y la ausencia de una tercera opción, al menos hasta 1973, bien podría sintetizarse el esquema “tripartito” durante el período 1970-1972 en dos formas polares de “alternativismo”: independiente (“desde afuera”) o interno (“desde adentro”). En ese sentido, Salcedo (2022, pp. 21-29) ha planteado la existencia de solo dos variantes que operaron en el seno de la “tendencia revolucionaria del peronismo”, caracterizada por cobijar a todas las expresiones que asumían la necesidad de impulsar –desde las estructuras del movimiento o desde las “bases”– un salto dialéctico del peronismo en dirección de un objetivo final socialista.6 Esto es acertado, en nuestra opinión, solo si uno se detiene a analizar las concepciones de las organizaciones armadas, centrándose exclusivamente en el período 1970-1972. No obstante, diferente es tomar en cuenta el conjunto de posibilidades que terminó habilitando el regreso de Perón y, además, abordar los contornos algo más porosos de la efectiva vinculación con espacios contiguos de militantes del activismo de “superficie”, es decir, no armado, en donde la noción de “tendencia” recobra poder explicativo y sirve para comprender los diferentes niveles de compenetración con la organización armada y el dispositivo radiocéntrico que conformó a su alrededor (Custer, 2025, p. 424). Por ello, consideramos que su utilización heurística, en consonancia con la categoría analítica de “izquierda peronista”, nos parece el abordaje más adecuado a la hora de hacer inteligible la materia bajo consideración.7 Esta última noción permite englobar tanto a los planteos “alternativistas” como a los “tendencistas” sin que estos últimos sean confundidos con un “movimientismo” que, tal como es entendido, ni siquiera en sus orígenes fue el posicionamiento tanto de FAR como de Montoneros y que quedó expresado más cabalmente, en 1973, mediante la irrupción de la Juventud Peronista (JP)-Lealtad.

En ese sentido, y al margen de los matices en sus trayectorias, las coincidencias entre FAR y Montoneros fueron, desde un principio, aún mayores si tenemos en cuenta la disonancia presente entre los textos de propagación pública emanados por Montoneros y sus documentos estratégicos de circulación interna. Como se ha indagado en forma reciente, la organización propició una dosificación progresiva de los contenidos revolucionarios de algunos de sus postulados, que no aparecían a priori compatibles con las formulaciones más clásicas del peronismo (Salcedo, 2022, pp. 212-213, 249-250). Este autor ha destacado cómo los comunicados que informaron respecto del secuestro y “ejecución” de Aramburu se caracterizaron por no proferir ninguna alusión al socialismo y definir su designio como la “toma del poder para Perón y para su pueblo”, mientras que, a partir de su primer documento público (“Hablan los Montoneros”), ya se evidenciaron, a fines de 1970, los primeros deslizamientos en el sentido de una estrategia que trascendía el mero regreso del exiliado líder, tales como la “lucha armada”, la necesidad de constituirse –en conjunto con “las FAP y otras organizaciones fraternas”– en la “vanguardia político-militar de la más amplia base popular posible” y el anhelo de convertirse en una organización que, desde el núcleo combatiente, irradiase a “todos los niveles de acción: el político, el sindical, el estudiantil y el militar”.8

No obstante, en “Línea política-militar” –un texto de circulación interna cuya elaboración podemos ubicar a fines de 1971– la organización formuló en forma más terminante sus “objetivos revolucionarios” al declarar que una “Patria Libre, Justa y Soberana sólo es posible con la construcción del socialismo, que es el sistema que permite la socialización de los medios de producción”, aclarando, seguidamente, que –como destacamos de manera precedente– “la construcción del socialismo es nacional”. En sintonía con las FAR (que declaraban que no se trataba de partir de la “ilusión del Partido Revolucionario ya hecho”), la organización político-militar debía encarar, según Montoneros, la construcción simultánea de un partido y de un ejército, “en el cual no todos combaten con las armas en la mano, aunque sí deben tener una concepción político-militar de la lucha”. Ese “ejército popular” sería el encargado de librar, en última instancia, el enfrentamiento con el “ejército del sistema” en el marco de una “guerra revolucionaria”, que implicaba un recorrido de etapas que también disponía, al igual que había sido postulado por las FAR (Custer, 2025, pp. 108-109), de tres peldaños sucesivos: “la formación del grupo guerrillero inicial”, “la consolidación de la organización político-militar peronista” y “la expansión de la guerra de guerrillas”.9 Teniendo en cuenta este esquema, no resultan sorprendentes las citas textuales de autoridad alusivas a Mao Zedong, aunque sí es llamativa en contrapartida la ausencia de referencias a Perón en el citado texto que, estratégicamente hablando, plasmaba –ni más ni menos– la “línea político-militar” de la organización.

Por eso, en lugar de abonar la tesis del pasaje desde un “movimientismo” inicial hacia un “tendencismo”, que han formulado algunos autores (Gil, 2019, p. 263; Cormick, 2023b, p. 3), en consonancia con la “contradicción ideológica” sostenida por Gillespie (1987, pp. 99-103), Salcedo (2022: pp. 19-21, 93-98, 121-137, 167-170, 188-195) ha planteado, en cambio, que se trató de un componente deliberado de la táctica enunciativa promovida por Montoneros al momento de presentarse en sociedad, habida cuenta de los trazos de continuidad existentes entre sus documentos internos de 1971 y los planteos pioneros de John William Cooke, tendientes a forjar una vanguardia revolucionaria identificada con el peronismo, la experiencia precursora del Comando Camilo Torres que buscó desplegar la lucha armada10 y la necesidad de una revolución socialista expresada en diversos textos “pre-montoneros” –elaborados entre 1966-1969–, en donde el regreso de Perón “no aparecía como bandera, ni siquiera como táctica, de la lucha revolucionaria”.11 La otra alternativa, anclada en el esquema “tripartito” antes referido, ha sido postular como “típico-ideales” los diferentes posicionamientos y entender que, en el seno de cada organización, ninguno se dio en “estado puro” explicando, así, la divergencia interna de Montoneros por una cierta combinación de “movimientismo” y “tendencismo”12 que terminó, en consonancia con lo expuesto por parte de la bibliografía reseñada, perfilándose –con el correr del tiempo– desde el primero hacia el segundo (Lanusse, 2005, pp. 258-259; González Canosa, 2021, pp. 210-212; González Canosa y M. Stavale, 2021, pp. 15-18).

Lo expuesto por Salcedo está en concordancia con lo que hemos planteado en torno a que el dispositivo comunicacional montonero tendió a reforzar la mímesis con el movimiento peronista, a diferencia de unas FAR que, por una mayor identificación con el legado guevarista y –fundamentalmente– porque no se proclamaron peronistas públicamente desde un principio, optaron por la distinción, al tiempo que asumían el peronismo como su identidad política (Custer, 2023, p. 162). Pese a esos matices, que bien podrían remitir a diferentes “estilos de peronización” (González Canosa y M. Stavale, 2021, p. 12), ambas organizaciones propugnaban, en 1971, la necesidad de construir una “alternativa” en el seno del peronismo que, fruto de su desarrollo, permitiese al líder del movimiento finalizar con “la estrategia defensiva que por imperio de las relaciones de fuerza viene implementando” (Montoneros) y efectuar la “elección histórica” en favor de la vía revolucionaria desechando a los “traidores o vendidos” (FAR). Tanto una como otra agrupación concebían a Perón como una figura que cumplía, convenientemente para sus designios, un doble rol: el de “jaqueo del sistema” impidiendo la consolidación de la vía “integracionista” del peronismo y de ser capaz de interpretar y conducir al pueblo en virtud de su relación directa con las “masas”.13

En estas concepciones, como en tantas otras, resonaban los ecos del último texto de Cooke (1968, pp. 8-9, 15-16), en donde se combinaba su valoración del peronismo como “hecho maldito de la política del país burgués”, y que –en tal carácter– impedía la institucionalización democrática del régimen, y la figura de Perón como “el máximo valor de la política democrática-burguesa”, un verdadero “pre-marxista” que “sigue la evolución que toma la historia y simpatiza con las fuerzas que representan el futuro”. Esta constelación operaba en función de los sectores revolucionarios que, constituidos en vanguardia, eran los únicos capaces de suplantar al régimen capitalista impulsando una línea de acción armada en el seno del movimiento, opuesta a la “burocracia peronista” y llevada a término por las masas populares. El esfuerzo de pugnar por las banderas revolucionarias “desde adentro” reforzó la retórica y los posicionamientos tendientes a evitar la segregación que se reflejaron, sucesivamente, en el rechazo de los aditamentos tales como “peronismo combativo”, “peronismo revolucionario” e, incluso, el de “tendencia revolucionaria” (Codesido, 2025, pp. 132-133; Custer, 2025, pp. 192-193), empeños que no serían suficientes, como demostrarían el desarrollo de los acontecimientos, para evitar las futuras pugnas y acusaciones en torno a la “infiltración” en el seno del movimiento peronista.

Las coincidencias más allá de las divergencias: el camino hacia la fusión

A la luz de lo expuesto, cobran otras dimensiones las divergencias que han sido señaladas y que se pueden observar entre las definiciones de Montoneros y las de las FAR. En los documentos y en la bibliografía existente hemos podido rastrear tres principales. La primera remite a la visualización que hacían de la burguesía en función del proceso revolucionario que pensaban desencadenar. En el caso de las FAR se destacó cierta ambivalencia respecto de su franja intermedia, según las diversas coyunturas, teniendo en cuenta la estratificación interna (“pequeña”, “media” y “alta”), espacial (“urbana” y “rural”) y funcional (“industrial”, “financiera”, “comercial” y “agropecuaria”) de sus diversos sectores, así como también en función de la penetración imperialista que condicionaba sus posicionamientos relativos. Ya en 1968, Carlos Olmedo –principal dirigente de las FAR hasta su muerte, acontecida en noviembre de 1971– caracterizaba que la “pequeña y mediana burguesía urbana y rural” se encontraban, en virtud de sus “miserias y vacilaciones”, asolada por una clara disyuntiva: “ubicarse en el polo popular de la contradicción [burguesía-clase obrera] como integrante de un Frente de Liberación con hegemonía del proletariado” o “servir objetivamente al gran capital”, es decir, a la “gran burguesía” aliada al imperialismo.14 En los momentos previos a darse a conocer públicamente las FAR, esa opción pareció desvanecerse, al menos para la “burguesía media”, en virtud de no contar con margen suficiente para defender con éxito sus intereses frente a la concentración monopólica imperial y estar ideológicamente dominada.15 No obstante, si bien se ha señalado que en 1971 las FAR demostraron una ausencia total de valoración positiva respecto de la “burguesía nacional” en general (González Canosa, 2021, pp. 152-153), al manifestar que la “pequeña y mediana industria” se encontraba en un “ambigua posición intermedia” sometida al “doble fuego de sus asalariados y del capital monopolista”, la organización –en boca de Olmedo– propugnaba, al mismo tiempo y con cierto dejo contradictorio, un “policlasismo” que, en vez de “enlazar a las clases dominantes y a las clases dominadas”, debía dividirse la sociedad argentina en dos: por un lado, “la oligarquía agropecuaria, la burguesía industrial monopolista, totalmente penetradas, dominadas y dirigidas por el imperialismo norteamericano” y, por el otro, “nuestra clase obrera, nuestras capas medias y nuestra pequeña burguesía urbana y rural”.16

En forma similar, Montoneros consideraba que la penetración imperial condicionaba a una burguesía que “no es nacional sino antinacional” y que, salvo por sus “sectores de la pequeña y mediana burguesía empresarial representados por la CGE”, a los que –a diferencia de las FAR– distinguía sin ambages, en su conjunto apostaba por el proyecto de consolidar un “capitalismo dependiente y subimperialista”.17 En las concepciones de ambas organizaciones se observó, pese al mayor recelo evidenciado por las FAR, una proyección hacia la posibilidad de una alianza más concreta, aunque fuese transitoria y bajo el liderazgo de la clase obrera, con aquellos sectores de la “mediana burguesía urbana y rural”, en el marco del proceso de liberación nacional y que, en la específica coyuntura de 1973, reactualizó e hizo más apremiantes las definiciones al respecto. A esa altura, la Conducción Nacional (CN) de Montoneros efectuó en un documento una serie de precisiones de cara a la unificación encarada con las FAR. Delimitando a la díada “nación-imperialismo” como la “contradicción principal antagónica”, consideraba que en el seno de la primera se ubicaba –junto a la clase obrera, los desocupados, la pequeña burguesía asalariada y los pequeños propietarios– la “mediana burguesía urbana y rural” interesada en una “ruptura parcial de la dependencia”, aunque señalando que, en la medida en que se definiese en favor de la Nación la contradicción principal, esta iría profundizando su contradicción también antagónica y que, en ese momento, se manifestaba como secundaria con las clases populares del polo nacional.

En un proceso revolucionario visualizado en dos etapas, concepción que hundía sus raíces en las experiencias de los movimientos de liberación nacional operantes en los procesos de descolonización, esa burguesía media estaba destinada a participar en el Frente de Liberación Nacional compuesto “mayoritariamente por todos los sectores objetivamente interesados” en el quiebre imperial y la reconstrucción nacional. Esa etapa de liberación nacional, sin embargo, para llegar a buen término y dar paso a la fase de la revolución socialista, requería que el Frente sea hegemonizado por el Movimiento de Liberación Nacional expresado, en forma no totalmente acabada, por el peronismo y, a su vez, que en el seno de este la clase obrera dirigiese el proceso con la finalidad de encauzar la participación popular con el objeto de fiscalizar y defender el gobierno peronista de Héctor Cámpora, garantizando el tránsito “hacia la liberación social” y preparando “a nivel de masas” la instancia para afrontar la futura ruptura del frente policlasista.18

Sin impugnar estas formulaciones y tomando como base el texto montonero al considerarlo “más completo”, las FAR no dejaron de deslizar ciertos matices que postularon como necesarios para incorporar a las discusiones destinadas a “elaborar el documento político para la organización única que queremos construir”. Entre algunos señalamientos, podemos destacar el énfasis en una mayor preocupación por precisar la complejidad de la penetración imperialista en las naciones dependientes, recordando que “las contradicciones en el nivel de la estructura económica no se expresan mecánicamente en el plano político”. En ese sentido estimaron que, si bien la mediana burguesía urbana y rural “debería, si nos atuviéramos a sus intereses económicos objetivos, integrar el campo popular”, particularmente, en la fase de liberación nacional en “donde no se plantea su expropiación”, “su actitud permanente es la vacilación”, ateniéndose a sus antecedentes históricos y recreando el particular recelo que las FAR sostuvieron respecto de aquel sector social.19

La segunda diferencia estuvo originada en la caracterización de la organización armada y su función a cumplir en relación con el movimiento peronista. En este punto, las definiciones de Montoneros fueron, en parte, confusas en un inicio. Su autodefinición como “brazo armado” negaba, en sentido intrínseco, la noción de organización político-militar al relegar la conducción estratégica en el movimiento y reservarse solo una función militar. Ello entroncaba, por otra parte, perfectamente con la noción de “formación especial” difundida por Perón.20 No obstante, el mismo documento público que consagraba la fórmula de “brazo armado” fue acompañado por la categoría de “vanguardia político-militar” en formación, que fue suscripta, al igual que la de “organización político-militar como embrión y dirección del futuro ejército popular”, en diversos textos internos de 1971 en adelante.21 Es así que esta diferencia con las FAR (“brazo armado” - “organización político-militar” - “vanguardia” - “partido revolucionario”), a diferencia de lo planteado por Caviasca (2006, pp. 29-30), fue más aparente que real y estas mismas se encargaron de reconocerlo explícitamente al manifestar que, para 1971, Montoneros hacía un uso del vocablo “brazo armado” en un sentido eminentemente metafórico.22

De hecho, a raíz de las discusiones previas a la fusión, la CN montonera manifestó que, para que la clase obrera asumiese el rol rector del Frente de Liberación Nacional, requería de la “representación política e ideológica” de la “organización político-militar” que, estructurada en “partido revolucionario”, sería la encargada de impulsar irremediablemente “la destrucción del sistema capitalista dependiente y la constitución de una patria socialista en el marco de la liberación latinoamericana”.23 La formulación de “partido armado” les valió el reproche por parte de las FAR, no por incorrecta, sino por “innecesaria e inconveniente”. Según su argumento, tras los ametrallamientos de Ezeiza, la renuncia de Cámpora y el distanciamiento creciente con Perón, “adoptar esa expresión cuando nuestro desarrollo se produce en el seno de un gran movimiento político de donde nos quieren expulsar nuestros enemigos con el argumento de que somos «infiltrados rojos» es por lo menos un error táctico”.24

La última discrepancia estribaba en el rol otorgado a Perón en el marco del proceso revolucionario. Las FAR partieron de reconocer en su figura a un “líder popular” que había logrado interpretar y conducir al pueblo. Empero, en dicha condición era posible que ejerciese la conducción del proceso, al menos durante su etapa de liberación nacional, tal como se desprende del análisis efectuado en un importante documento y en donde manifestaron expresamente que la relación “líder-masas” (Perón) sería cualitativamente superada, fruto del desarrollo del movimiento de liberación, por la articulación de un lazo “vanguardia-masas” (organizaciones armadas).25 Esa conceptualización suscitó la oposición de la CN de Montoneros que reprendió a Fernando Vaca Narvaja, el militante de mayor rango montonero que suscribió dicho texto elaborado por integrantes de ambas formaciones en el presidio patagónico de Rawson, por renegar del carácter “revolucionario” del liderazgo de Perón (Vaca Narvaja y Frugoni, 2002, p. 130).

Pese a ello, la dirigencia de Montoneros terminó sosteniendo, al calor de la coyuntura de 1973, una idea algo similar a la de las FAR, es cierto que un poco más atenuada y no menos problemática, al suscribir que la “interpretación y conducción que es función de la vanguardia la realiza una sola persona, el general Perón” y, al mismo tiempo, que eso “no quiere decir que Perón no necesita de la presencia, dentro del Movimiento, de una vanguardia organizada, como única forma de garantizar el logro de la hegemonía orgánica, efectiva y absoluta de la clase obrera dentro del Movimiento”.26 De esta forma, apelaban a una noción que remitía a cierta idea de complementariedad (Perón-organización), y no a la transformación dialéctica que aparecía –en la formulación de las FAR– no exenta de cierto cálculo sucesorio.27 Esto aparecía como una premisa más acorde a los últimos postulados de John William Cooke (1968: 16-17), quien apuntaba que “el mito de Perón perdurará” en las masas y “el prestigio de esta nueva generación se cargará con el magnetismo de su antiguo prestigio llevado, a través de esta síntesis, al pueblo, después de años de derrota y proscripción, a nuevas, gloriosas, y esta vez sí definitivas victorias”. La concepción montonera, entonces, aparece como la que terminó primando al calor de los acontecimientos de 1973, fundamentalmente, porque tuvo que lidiar con un Perón efectivamente regresado y no proscripto y exiliado –Cooke falleció en 1968– y que terminó expresándose en uno de los tantos cánticos coreados en movilizaciones y actos: “Conducción, conducción, Montoneros y Perón”.

A tono con la tesis de la dosificación de Salcedo y en función de lo expuesto, es plausible interpretar que las conducciones de ambas organizaciones no estaban dirimiendo grandes divergencias político-ideológicas –prueba de ello, su inminente fusión– y mucho menos estratégicas, sino más bien cuestiones de índole táctica en virtud de un proceso que se evidenciaba no solo secuenciado en etapas sino también escabroso en su tránsito y que, por ello, demandaba particular cautela a la hora de la comunicación pública de cara al retorno del exiliado líder y los enfrentamientos intestinos que empezaban a aflorar en el peronismo. Es así que la CN montonera, a fines de 1972, consideró censurable catalogar a Perón meramente como un “líder popular”. Otro tanto puede decirse de las declaraciones de Galimberti emitidas en abril de 1973, al momento de darse a conocer la flamante Unión de Estudiantes Secundarios, en favor de la creación de “una milicia de la juventud argentina para la reconstrucción nacional” que le valió la destitución como representante juvenil en el Consejo Superior del Movimiento Justicialista. El recientemente creado órgano de difusión de la JP buscó minimizar el altercado, reprendiendo al dirigente juvenil porque “se adelantó dos etapas con su anuncio” y justificó la acción de Perón quien, en aras de mantener la unidad del movimiento, “sancionó no a la revolución, sino al revolucionarismo”.28 Al poco tiempo –en junio– sería, a su vez, la Dirección Nacional de las FAR la que advertiría a su par de Montoneros, como hemos referido, sobre lo pernicioso de nominar a la futura organización político-militar como “partido armado”, precisamente en un momento en donde la campaña contra la “infiltración” empezaba a dar sus primeros pasos encaminándose hacia el enfrentamiento abierto.

Conclusiones

En este artículo hemos buscado avanzar en un ejercicio comparativo entre Montoneros y FAR, cuyas trayectorias confluyeron en su fusión organizativa. Como adelantamos en la introducción, dicho procedimiento exige, como mínimo, un abordaje que contemple las concepciones político-ideológicas previas pero que no se agote en ellas, debiendo, además, considerar tanto la imagen proyectada públicamente como las estructuras y dimensiones de cada una de ellas. En este trabajo, no obstante, focalizamos en el primer aspecto, cuestión ineludible al constituir las coordenadas programáticas que orientaron la praxis política de ambas formaciones. En torno a los clivajes generales sobre los posicionamientos relativos al peronismo ambas organizaciones manifestaron un acercamiento evidente durante la experiencia de las OAP manifestando divergencias crecientes con las FAP que cristalizaron en la disolución de la coordinación de organizaciones político-militares peronistas y una voluntad de mayor compenetración con las estructuras y otros sectores peronistas que ha sido conceptualizado, por parte de la bibliografía, como una línea “tendencista”, diferenciándose de la “alternativista” propia de esta última organización. En este punto, hemos considerado que el esquema “tripartito”, postulado por parte de la bibliografía, es más acertado para capturar la diversidad de alternativas disponibles e, incluso, las tensiones internas que van a manifestarse de modo evidente, en 1973, con el regreso definitivo de Perón al país.

Por su parte, Montoneros y FAR no resolvieron todos sus puntos de fricción al momento de la disolución de las OAP (abril de 1972), pese a las crecientes coincidencias, hecho que se constató, entre otros fenómenos, en la integración más temprana de Descamisados con la primera, a fines de ese año. Por otro lado, las divergencias más concretas que afloraron y que hemos podido relevar entre ambas formaciones no evidenciaron una significativa diferencia y, aún en sus leves matices, no fueron óbice para pulirse definitivamente de cara a la fusión. El mayor recelo evidenciado por las FAR respecto de los sectores de la pequeña o mediana burguesía en la etapa de liberación nacional no dejó de ser un rasgo levemente diferencial en un proceso revolucionario que era visualizado como secuencial y que exigía algún tipo de compromiso, al menos transitorio y no exento de contradicciones, con aquellos. En todo caso, la lógica general de dos etapas (liberación nacional y revolución socialista) era compartida y ambas organizaciones demandaban no solo la hegemonía de la clase obrera como condición necesaria para un desenlace revolucionario favorable, sino también el de ejercer un papel rector en el curso del proceso. Aquí entraba en discusión la problemática cuestión del liderazgo, que suponía tanto una concepción sobre la propia organización armada y la figura de Perón, en donde las formulaciones, pese a unos matices existentes que fueron atenuándose en función de la integración, en los hechos iba a demostrarse, por voluntad y propósito del anciano líder, en totalmente impracticable. La síntesis Perón-vanguardia (Montoneros) o el salto dialéctico o una sucesión “hereditaria” desde una relación “Perón-masas” hacia una de tipo “vanguardia-masas” (FAR) se iban a convertir, en realidad, en una coexistencia conflictiva de dos proyectos disímiles crecientemente insostenible.

Por lo expuesto, consideramos que, a pesar de los leves contrapuntos señalados, las concepciones y los posicionamientos tanto de Montoneros como de FAR guardaron una extrema sintonía, algo que explica y facilitó la fusión de ambas y que, además, cristalizó en la reunificación, prácticamente total, del movimiento armado peronista en una sola estructura, anhelo originario de todas las formaciones político-militares de ese signo. Apelando a la analogía astronómica, utilizada por M. Stavale (2023, pp. 18, 25-30) para nominar a una “constelación alternativista” que no abrigaba una agrupación que lograse imponer una clara hegemonía en su seno, podemos alegar que la “tendencia revolucionaria” se caracterizó, en cambio, por constituir un espacio que, a semejanza del sistema solar, detentó un núcleo alrededor del cual orbitaron los diversos sectores que se referenciaron en el eje FAR-Montoneros. En ese sentido, teniendo en cuenta las escasas divergencias analizadas, la prevalencia de Montoneros no puede hacerse inteligible por lo ajustado de sus formulaciones programáticas. Su posicionamiento como el factor predominante de la “tendencia revolucionaria del peronismo” la ubicó en un lugar de centralidad que favoreció una integración con las FAR que corrió por el carril de desigualdad, hecho que se manifestó en la conservación del nombre de “Montoneros” para nominar a la estructura fusionada y en una prevalencia de cuadros dirigenciales a la hora de conformar su conducción. En todo caso, la mayor intuición política que habría guiado a aquella organización en relación a las FAR, tal como ha sido señalado por parte de cierta bibliografía testimonial (Flaskamp, 2002, p. 84; Amorín, 2005, pp. 241-248), si bien no podemos negarla categóricamente, lejos estamos de considerarla primordial y, menos aún, excluyente para explicar la primacía montonera, si es que por ello entendemos una mayor pregnancia de sus postulados político-ideológicos. En todo caso, para explicar ese devenir, habida cuenta de que ambas organizaciones se vieron atravesadas por tensiones similares, recorriendo trayectorias que, en términos cronológicos, fueron prácticamente idénticas, la respuesta, a nuestro entender, debe ser encontrada en la mayor ductilidad política que supieron desplegar los montoneros en la específica coyuntura del “engorde”, en donde el eje FAR-Montoneros evidenció su mayor grado de influencia política en un clima marcado por la creciente politización, y en la imagen más peronista que supo proyectar, en un momento del auge de la radicalización política y de la concomitante peronización de vastos sectores de las franjas juveniles militantes. En ese sentido, la mayor comodidad o esa capacidad de desenvolverse mejor en esa particular coyuntura por parte de Montoneros será una cuestión que deberá ser indagada en ulteriores investigaciones.

Bibliografía

Altamirano, C. (1992). Peronismo y cultura de izquierda (1955-1965). Latin American Studies Center Series.

Amorín, J. (2005). Montoneros: la buena historia. Catálogos.

Bartoletti, J. (2011). Montoneros: de la movilización a la Organización. Laborde.

Baschetti, R. (comp.) (1995). Documentos (1970-1973). De la guerrilla peronista al gobierno popular. La Plata.

Campos, E. (2016). Cristianismo y Revolución. El origen de Montoneros: vida, política y religión en los 60. Edhasa.

Caviasca, G. (2006). Dos caminos: ERP-Montoneros en los setenta. Centro Cultural de la Cooperación.

Caruso, V. et al. (2017). Izquierda peronista: una categoría útil para el análisis histórico. Historiografías, (14), 68-88. https://doi.org/10.26754/ojs_historiografias/hrht.2017142337.

Codesido, N. (2025). Una aproximación a los usos nativos de la categoría “Tendencia Revolucionaria del Peronismo” y algunas reflexiones sobre su utilización en Historia Reciente. En S. Friedemann y D. Pulfer (coords.). El 73 a debate: 50 años del peronismo al gobierno: jornadas académicas, Buenos Aires, 22 al 24 de mayo de 2023 (pp. 120-138). UNIPE. https://editorial.unipe.edu.ar/images/phocadownload/colecciones/actasyponencias/73debate_v2.pdf.

Cooke, J.W. (1968). La revolución y el peronismo [1967]. ARP.

Cormick, F. (2023a). El desafío de la política para las organizaciones armadas de la nueva izquierda peronista y no peronista (1971-1976). Hegemonía, Estado y democracia en Montoneros, FAR, PRT-ERP y OCPO. Tesis doctoral, Universidad de Buenos Aires. http://157.92.88.55/bitstream/handle/filodigital/16970/uba_ffyl_t_2023_se_cormick.pdf?sequence=1&isAllowed=y.

Cormick, F. (2023b). Los cuatro tiempos de la Tendencia Revolucionaria del Peronismo y la hegemonía montonera (1969-1976). Nuevo Mundo, Mundos Nuevos (28 de febrero de 2023). https://doi.org/10.4000/nuevomundo.92230.

Cullen, R. (2009). Clase obrera, lucha armada y peronismos. Vol. I: Génesis, desarrollo y crisis del peronismo original. De la Campana.

Custer, C.I. (2023). “FAR, Montoneros, son nuestros compañeros”. La guerrilla peronista y dos formas alternativas de presentarse en sociedad. Rubrica Contemporánea, XII (25), 141-163. https://revistes.uab.cat/rubrica/article/view/v12-n25-custer/325-pdf-es.

Custer, C.I. (2025). “Con el Frente al gobierno y con las armas al poder”. Estrategia y táctica en la trayectoria de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (1970-1973). En S. Friedemann y D. Pulfer (coords.). El 73 a debate: 50 años del peronismo al gobierno: jornadas académicas, Buenos Aires, 22 al 24 de mayo de 2023 (pp. 106-119). UNIPE. https://editorial.unipe.edu.ar/images/phocadownload/colecciones/actasyponencias/73debatev2.pdf.

Duhalde, E.L. y E. Pérez (2003). De Taco Ralo a la alternativa independiente. Historia documental de las Fuerzas Armadas Peronistas y del Peronismo de Base. Tomo I: Las FAP. De la Campana.

Flaskamp, C. (2002). Testimonio de la lucha armada en Argentina (1968-1976). Nuevos Tiempos.

Fraschini, M. (2008). El brazo izquierdo de Perón. Ideólogos y actores de la izquierda peronista (1955-1974). Álvarez Castillo.

Friedemann, S. (2021). La Universidad Nacional y Popular de Buenos Aires. La reforma universitaria de la izquierda peronista, 1973-1974. Prometeo.

Gil, G.R. (1989). La izquierda peronista (1955-1974). CEAL.

Gil, G.R. (2019). La izquierda peronista. Transitando los bordes de la revolución: 1955-1974. Prometeo.

Gillespie, R. (1987). Soldados de Perón. Los Montoneros. Grijalbo.

Goldar, E. (1990). ¿Qué hacer con Perón muerto? (Los mitos de la izquierda peronista). Utopías del Sur.

González Canosa, M. (2021). Los futuros del pasado: marxismo, peronismo y revolución: una historia de las FAR. Prometeo.

González Canosa, M. y M. Stavale (2021). Peronismo, izquierda y lucha armada. Balance bibliográfico y perspectivas analíticas sobre las organizaciones armadas peronistas en clave comparada. Páginas, 13 (31). http://dx.doi.org/10.35305/rp.v12i30.462.

James, D. (1976). The Peronist Left, 1955-1975. Journal of Latin American Studies, 8 (2), 273-296. https://doi.org/10.1017/S0022216X00022008.

Lanusse, L. (2005). Montoneros. El mito de sus 12 fundadores. Vergara.

Luvecce, C. (1993). Las Fuerzas Armadas Peronistas y el Peronismo de Base. CEAL.

Montali, G.M. y M. Iazzeta (2016). El PRT-ERP y OCPO, trazos de un análisis comparativo de la izquierda revolucionaria argentina. Revista de la Red Intercátedras de Historia de América Latina Contemporánea, 4, 74-88. https://revistas.unc.edu.ar/index.php/RIHALC/article/view/15508/17311.

Otero, R. (2019). Montoneros y la memoria del peronismo. Prometeo.

Plotkin, M.B. (1993). La “ideología” de Perón: continuidades y rupturas. En S. Amaral y M.B. Plotkin (comps.). Perón: del exilio al poder (pp. 45-67). Cántaro.

Raimundo, M. (2004). Izquierda peronista, clase obrera y violencia armada: Una experiencia alternativa. Sociohistórica, 15-16, 99-128.

Ratliff, W. (1993). Perón y la guerrilla: el arte del engaño mutuo. En S. Amaral y M.B. Plotkin (comps.). Perón: del exilio al poder (pp. 261-280). Cántaro.

Salcedo, J. (2022). Los Montoneros del Centro: tácticas y estrategias de la conducción montonera, 1966-1976. Prometeo.

Seminara, L. (2015). Bajo la sombra del ombú: Montoneros Sabino Navarro, historia de una disidencia. Imago Mundi.

Slipak, D. (2023). Discutir Montoneros desde adentro. Siglo XXI.

Stavale, M. (2023). Un peronismo alternativo para la revolución: la experiencia política y editorial de las revistas Militancia y De Frente. UNGS-UNLP-UNM.

Vaca Narvaja, G. y F. Frugoni (2002). Fernando Vaca Narvaja, con igual ánimo. Colihue.


1. Esta noción remitía a una caracterización, con cierto cariz peyorativo, difundida entre la militancia sobre la propia etapa de crecimiento acelerado de FAR y Montoneros durante el año 1973.

2. FAR, “Los de Garín”, Cristianismo y Revolución, nº 28, abril de 1971, p. 62.

3. FAR, “Los de Garín”, pp. 62, 66. Montoneros, “El llanto para el enemigo”, Granma, 5 de diciembre de 1970, p. 7.

4. Las OAP fue una coordinación conformada por las tres organizaciones referidas en septiembre de 1971 que se mantuvo vigente hasta abril de 1972, integrando, antes de su disolución y por un breve lapso, también a la organización Descamisados y, por eso, llegó a ser conocida coloquialmente como la “cuatripartita”.

5. FAP, “Ampliación del Documento Político nº 1”, septiembre de 1971 (Duhalde y Pérez, 2003, pp. 227-228). Sobre las características y alcances de la “alternativa independiente” y algunas de sus consecuencias, además de la compilación referida, puede consultarse también Luvecce (1993, pp. 102-105); Raimundo (2004, pp. 105-117).

6. Esta opción de reconocer solo las opciones “movimientistas” y “alternativistas” ha tenido reconocidos antecedentes (Cullen, 2009, pp. 249-258; Bartoletti, 2011, pp. 36-48).

7. El carácter englobante de la categoría “izquierda peronista”, pese a no estar anclado en un empleo nativo del término, ha sido funcional a su utilización analítica tanto por obras de larga data (James, 1976, pp. 277-285, 287-292; Gil, 1989, pp. 10-15) como de más reciente autoría (Fraschini, 2008, pp. 22-24; Caruso et al., 2017, pp. 86-88; Friedemann, 2021, pp. 43-46).

8. Montoneros, “Hablan los Montoneros”, Cristianismo y Revolución, nº 26, noviembre-diciembre de 1970, p. 13.

9. Montoneros, “Línea político-militar”, 1971 (en Baschetti, 1995, pp. 249-250, 263-266).

10. El Comandos Camilo Torres fue una breve experiencia clandestina que nació ligada a la revista Cristianismo y Revolución, orientada por el exseminarista Juan García Elorrio, y que tenía como objetivo conformar una estructura armada. De él participaron algunos de los máximos líderes de Montoneros, como Fernando Abal Medina, Carlos Ramus y Mario Eduardo Firmenich (Campos, 2016, pp. 42-49).

11. En ese sentido, Firmenich ha reconocido que: “Nosotros teníamos bastante miedo al macarthysmo, porque ser guerrillero y ser castrista era sinónimo; y esa no era nuestra intención, porque se corría el riesgo de quedar como un izquierdista antiperonista, y esa no era nuestra concepción ni nuestra estrategia política y, además, sabíamos que esto significaba la frustración de cualquier proyecto político de arranque”. Entrevista de Santiago Villalba, Jorge Zappino y Luciano Figallo a Mario Eduardo Firmenich, 28 de febrero de 1992. Agradezco a Javier Salcedo el haberme brindado una transcripción de esta entrevista.

12. Una de las virtudes de esta opción es que, fruto de la incorporación del “tendencismo”, brinda un elemento más para captar mejor la divergencia interna presente en las diferentes organizaciones y que, en sus máximas expresiones, se evidenció por medio de fracturas y escisiones, sobre todo en el caso de las FAP (“iluminados” y “oscuros”) y de Montoneros (Columna Sabino Navarro y, más adelante, JP-Lealtad). Precisamente, la Columna Sabino Navarro reprochó el carácter “movimientista” de los posicionamientos montoneros (Seminara, 2015, pp. 32-39; Slipak, 2023, pp. 83-85).

13. FAR, “Los de Garín”, p. 69; Montoneros, “Línea político-militar” (Baschetti, 1995, pp. 258-260).

14. [Carlos Olmedo], “Notas para una valoración de la situación nacional”, julio de 1968, CPM, Fondo DIPPBA, mesa Ds, carpeta Bélico, legajo nº 320, tomo III, p. 6. El documento no ha sido suscripto pero –por la redacción, contenido y ubicación del archivo– coincidimos con González Canosa (2021, p. 116) en atribuir su autoría a Carlos Olmedo.

15. FAR, FAP y “G. 3”, sin título (1970), CPM, Fondo DIPPBA, mesa Ds, carpeta Bélico, legajo nº 320, tomo III, p. 2.

16. FAR, “Los de Garín”, p. 65. Este documento, ya citado, ha sido atribuido al principal líder y mentor ideológico de la organización.

17. Montoneros, “Línea político-militar” (Baschetti, 1995, pp. 256-257).

18. Montoneros, “Boletín Interno nº 1”, 1ª quincena de mayo de 1973 (Baschetti, 1995, pp. 582-583, 590-595).

19. FAR, “Aportes críticos al «Documento base para la reactualización de la línea político-militar’”, 15 de septiembre de 1973 (Baschetti, 1995, pp. 619, 622).

20. En febrero de 1971, Perón escribió una célebre y muy difundida misiva pública en donde glorificaba a la “juventud maravillosa” y reconocía a las organizaciones armadas como “formaciones especiales” del movimiento peronista. Juan Domingo Perón, “A los compañeros de la juventud”, 23 de febrero de 1971 (Baschetti, 1995, pp. 137-141).

21. Montoneros, “Hablan los Montoneros”, p. 13; “Línea político-militar” (Baschetti, 1995, pp. 267-269).

22. FAR, “13 preguntas a las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR)”, Nuevo Hombre, nº 17, 10-16 noviembre 1971, p. 3.

23. Montoneros, “Boletín Interno nº 1” (Baschetti, 1995, pp. 595-597).

24. FAR, “Aportes críticos al «Documento base para la reactualización de la línea político-militar’” (Baschetti, 1995, p. 624).

25. “Opiniones sobre los problemas centrales de la guerra revolucionaria en esta etapa”, 10 de agosto de 1972. En FAR, “Boletín nº 4”. https://eltopoblindado.com/opm-marxistas/fuerzas-armas-revolucionarias-far/boletin-n-4/.

26. Montoneros, ““Boletín Interno nº 1” (Baschetti, 1995, p. 593).

27. Como reconoció Olmedo, recogiendo el “guante” que le tendió Perón a las “formaciones especiales” (ver nota 20), “hace poco nos recordaba [por Perón] a los jóvenes (que es cómo él nos llama) la responsabilidad de no delegar nuestra responsabilidad y asumir que estamos en una lucha que supera el lapso y alcance de su propia vida, de su mera existencia física”. FAR, “Los de Garín”, p. 68.

28. El Descamisado, nº 0, 8 de mayo de 1973, p. 12.