Envainar las grandes nociones teóricas y sentir la realidad de la nación. La metamorfosis patriótica del socialismo en la Argentina de los años 30
Instituto de Investigaciones en Diversidad Cultural y Procesos de Cambio - Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas - Universidad Nacional de Río Negro. Bariloche, Argentina.
jd.benclowicz@gmail.com
ORCID: 0000-0001-7779-7773
Resumen: Durante la década de 1930 el Partido Socialista argentino atravesó una importante transformación asociada a sus posturas sobre el patriotismo, que lo llevó a dejar de lado su impronta clasista e internacionalista y a asumir una novedosa identificación emocional con la patria. En este artículo analizo este proceso a partir del examen de las publicaciones, congresos e intervenciones parlamentarias socialistas, atendiendo al particular contexto político nacional e internacional signado por la crisis del liberalismo, el avance de las derechas y la omnipresencia de los discursos nacionalistas.
Palabras clave: Patriotismo – Años 30 – Socialismo argentino – Cultura política
Abstract: During the 1930s, the Argentine Socialist Party underwent a significant transformation associated with its stance on patriotism, moving away from its traditionally class-based and internationalist orientation to embrace a novel emotional identification with the nation. In this article, I analyze this process through an examination of Socialist publications, party congresses, and parliamentary interventions, with attention to the national and international political context marked by the crisis of liberalism, the rise of right-wing movements, and the pervasive presence of nationalist discourses.
Keywords: Patriotism – 1930s – Argentine socialism – Political culture
Recepción: 24 de julio de 2025. Aceptación: 12 de marzo de 2026.
* * *
El 25 de mayo de 1932, al inaugurar las sesiones del XXI congreso del Partido Socialista (PS), Mario Bravo rendía homenaje al día de la patria, al tiempo que recordaba a los presentes que “Somos aquí una partícula de la Internacional”. Haciendo referencia a los desfiles oficiales alusivos a la fecha, agregaba: “Desde este local, la bandera de la Internacional dice a la bandera de la nación que pasa: «Saludamos a la independencia argentina; pero en nombre de las necesidades y derechos del pueblo obrero, por su cuenta y para sus fines, queremos completar esa obra. La clase obrera argentina necesita también realizar su 25 de Mayo»”.1 La imagen que proponía a los delegados y militantes reunidos condensaba una concepción de las relaciones entre socialismo y nación que había predominado, con matices y no sin tensiones, al menos desde el Centenario de la Revolución. Sin perjuicio del respeto por la nación y sus símbolos –la bandera, las fechas patrias, el himno–, los socialistas se ubicaban desde una perspectiva clasista a un tiempo más allá y más acá de ellos. Más allá porque imaginaban el advenimiento en un futuro indeterminado de un mundo que prescindiría de las fronteras, y en este sentido la nación aparecía como una instancia transitoria. Más acá porque vinculaban el engrandecimiento de la nación al mejoramiento de las condiciones de vida de los trabajadores. Ambos aspectos eran comunes a la mayor parte de la socialdemocracia de la época, con la que el PS había mantenido una estrecha relación desde su fundación (Poy y Benclowicz, 2026). Se trata de un movimiento que, aún después del colapso provocado por la Primera Guerra Mundial, seguía concibiendo lo internacional como complementario de lo nacional: se suponía que cada país, por intermedio de la acción emancipatoria de los socialistas, fungiría como punto de partida para la construcción de la anhelada colectividad universal.2 Esa actuación implicaba cierta identificación con la patria, lo cual se corresponde con un nacionalismo “bueno” o “sano” pregonado por los socialistas argentinos –en oposición al “burgués”, condenado por militarista, expansionista y mistificante– tema al que se han referido distintos trabajos (Merbilhaá, 2013; Martínez Mazzola, 2015; Reyes, 2018a; Amorebieta y Guiamet, 2022).
Ahora bien, es posible distinguir distintos énfasis, que van desde una identificación débil a una sumamente estrecha con la nación, encarnados en tendencias internas coexistentes desde las primeras épocas del PS. En este sentido, puede decirse que hasta principios de la década de 1930 prevaleció una posición intermedia, que procuraba superar las posiciones más extremas que se desplegaron hacia el Centenario (Reyes, 2018a). A partir de 1932 y durante los años que siguen se van a registrar una serie de desplazamientos que irán empujando al partido al terreno de las variantes “burguesas” del patriotismo y que no han sido analizados cabalmente hasta ahora. Conocemos el capítulo siguiente de la historia: la tradición socialista terminó mayormente subsumida en la liberal a principios de la década de 1940 (Martínez Mazzola, 2011) o bien en el curso de la experiencia peronista (Herrera, 2016). Pero sabemos poco del proceso que alumbró, a lo largo de los años 30, esta nueva relación del socialismo con la patria, que implicó una importante transformación en la cultura política del PS. Con el propósito de llenar este vacío, y en base al examen de las publicaciones, congresos e intervenciones parlamentarias socialistas, en este artículo analizo ese proceso atendiendo al particular contexto político nacional e internacional de la época signado por la crisis del liberalismo, el avance de las derechas y la omnipresencia de un nacionalismo que teñía los discursos de todas las fuerzas políticas. De especial interés resulta la evolución de los conceptos y el espacio dedicados por la prensa del PS a los festejos patrios y al 1° de mayo, la celebración obrera por excelencia. Esta última incorporará crecientemente aspectos nacionales durante los 30, lo cual dice mucho de por sí, dado el carácter internacionalista que tenía el evento hasta entonces. Pero además, se trata de elementos que habían permanecido, si no por fuera, en los límites de la identidad política socialista. Las fiestas patrias, por su parte, ocuparán un lugar cada vez mayor al igual que la atención prestada a próceres como San Martín, antes ignorados (Amorebieta y Guiamet, 2022). Esto involucra una dimensión emocional que resulta relevante porque, como muestran los aportes de la historiografía de las emociones, todas las ideologías políticas se asocian a sistemas afectivos que alientan identificaciones y acciones determinadas (Arias Maldonado, 2017; Bartolucci y Gayol, 2025). La metamorfosis que examino es también de tipo afectivo: el “sentir” la nación se expresó, entre otras cosas, en la incorporación de la bandera y del himno patrio a la liturgia socialista y en un conjunto de discursos y representaciones novedosas que nos hablan de un cambio de sensibilidades dentro y fuera del socialismo.
A fin de enmarcar sintéticamente el proceso bajo análisis, cabe apuntar que hacia 1932, tras la salida de la dictadura encabezada por José F. Uriburu, el PS obtendría la mayor bancada parlamentaria de su historia. La abstención del radicalismo habilitó la transferencia de votos y también de representaciones ciudadanas más allá de la impronta clasista que había caracterizado al partido, contribuyendo a ampliar sus marcos de referencia. En ese contexto, que es también el de un agresivo avance de las derechas autoritarias, el PS profundizó su acercamiento a las fuerzas del liberalismo democrático iniciado en 1931, cuando conformó la Alianza Civil con el Partido Demócrata Progresista (PDP). El marco político se encontraba bajo la presión de la crisis económica mundial, que alimentaba el cuestionamiento del vínculo con Gran Bretaña y alentaba los discursos antiimperialistas. Será justamente entonces cuando aparezcan los primeros desplazamientos que identifico en las formulaciones socialistas. Sobre la base de estos, en 1934 Alfredo Palacios protagonizó un corrimiento mayor: presentó su proyecto de ley sobre Malvinas, a través del cual planteaba la construcción de una causa patriótica sin relación y en cierto sentido opuesta a la idea del nacionalismo “sano”. Después de eso, tras expulsar o marginar a los sectores de la izquierda partidaria que impugnaban esta perspectiva, el PS avanzó ya con mayor fluidez hacia la adopción de una emocionalidad ligada a lo argentino, compitiendo con las derechas por el lugar de adalides de la patria. El propio 1° de mayo se tiñó crecientemente de patriotismo, y la simbología nacional conquistó un lugar privilegiado en la liturgia partidaria. Como resultado, los inestables consensos que habían predominado en las décadas previas fueron modificados notablemente, y esto contribuyó a sentar las bases para la posterior absorción de la tradición socialista en la liberal. A fin de valorar la profundidad de la transformación, conviene tener presente que el liberalismo con el que se terminaría confundiendo el viejo partido también había mutado, incorporando elementos de la ideología nacionalista que los socialistas no tardarían en adoptar.3
Teniendo en cuenta lo planteado hasta aquí, el artículo está organizado con un criterio cronológico que registra, con sus tensiones, la metamorfosis patriótica que experimentó el PS a lo largo de la década de 1930. Tras repasar los contornos del nacionalismo “sano”, en el primer apartado analizo el período que se abre tras la dictadura de Uriburu, donde la relación entre socialismo y cuestión nacional empieza a verse afectada al calor de la ampliación de la representación socialista y del avance de las derechas en tanto amenaza e influencia. En el segundo, me detengo en los años 1933-1934, momento en el que además del mencionado proyecto de Palacios, aparecen elementos sustanciales de la nueva relación que el PS terminará estableciendo con la patria. En el tercero examino los años subsiguientes, durante los que se terminó de delinear el giro nacionalista, y expongo las consideraciones finales.
Moviéndose hacia los bordes del nacionalismo “sano”
Desde principios del siglo XX, el “buen” patriotismo predicado por Juan B. Justo se traducía en el saneamiento institucional –la superación de la “política criolla”– y en una obra que al apuntar al mejoramiento social de la población, aportaba al verdadero engrandecimiento de la nación. En este punto, el discurso socialista se perfilaba como continuador de la obra iniciada en 1810, al tiempo que afilaba su crítica a las mistificaciones y la hipocresía que le asignaba al nacionalismo burgués, denunciando el militarismo y el gasto superfluo asociado a las celebraciones oficiales de las fechas patrias. En su lugar, impulsaba la construcción de escuelas y otras obras que afianzarían realmente la independencia nacional (Justo, 1933, pp. 65-89). Estas intervenciones no contribuían a que el nacionalismo de los socialistas se plasmara en el plano simbólico, como pretendían abiertamente dirigentes como Manuel Ugarte o Alfredo Palacios y, con oscilaciones, el propio Justo junto a su elenco dirigente.4 En 1912, cuando fue electo diputado, el centro socialista al que pertenecía organizó un festejo exhibiendo en el salón ambos emblemas. Era, según el propio Justo, “la primera vez que veía en una fiesta socialista del país, la bandera roja entre dos banderas argentinas” (Dickmann, 1933: 39-40). Pero la Ley de Defensa Social, que prohibía desde 1910 la bandera roja en las manifestaciones, no facilitaba lo que aparecía más bien como el reemplazo de un símbolo por el otro, algo inaceptable para la mayor parte de los miembros del partido.5 Así, un año antes de ser expulsado por sus reiteradas violaciones al estatuto partidario que prohibía batirse a duelo, Palacios proponía sin éxito el uso de la bandera argentina en las manifestaciones socialistas.6 Que en esos momentos no había mucho espacio para la identificación de los socialistas con la simbología patria parece confirmarlo el carácter efímero del Partido Socialista Argentino, creado en 1915 en torno a la figura de Palacios, que procuró llevar adelante un proyecto político que colocaba al patriotismo como eje central de la identidad socialista (Herrera, 2018). Un año después, en el XIII congreso del PS, las insignias patrias que habían colocado los organizadores en honor al centenario de la Independencia debieron ser retiradas ante el cuestionamiento de muchos delegados (Dickman, 1939, p. 24), y se resolvió rechazar el embanderamiento de las sedes partidarias, iniciativa que había partido de la Municipalidad y había sido aceptada en una primera instancia por el comité ejecutivo del partido (García Costa, 1986, p. 96).
Así, en esos años clave en que se terminaría moldeando la cultura política partidaria que perduraría hasta principios de la década del 30, decantaba una relación de distancia afectiva con relación a los símbolos patrios. Aun cuando años más tarde Hipólito Yrigoyen derogó la Ley de Defensa Social, el fuerte chauvinismo que caracterizó el clima político de esa época, expresado virulentamente durante la Semana Trágica de 1919, favoreció la tendencia al distanciamiento con respecto a los símbolos y a las identificaciones patrióticas entre las filas del PS. En ese contexto, se experimentaba la prevalencia de unas formas de sentir (Bartolucci y Gayol, 2025) asociadas al internacionalismo que permitían a una militancia con un fuerte peso inmigratorio diferenciarse de los grupos nacionalistas. Si bien esto no hizo mella en la idea del patriotismo “sano” que la dirección partidaria no dejaba de reivindicar como genuino –en contraste con el “burgués”, impugnado por pernicioso e impostado–, los símbolos nacionales no terminaban de aparecer como algo propio para el conjunto del partido. Así, cuando en 1928 el PS defendía su membresía ante la Internacional Obrera y Socialista (IOS) frente al recién escindido Partido Socialista Independiente (PSI), el primero acusó a su rival por exhibir la bandera argentina, algo supuestamente impropio del socialismo (Benclowicz y Poy, 2023).
En lo fundamental, el nacionalismo “sano” socialista de las décadas de 1910 y 1920 pasaba voluntariamente inadvertido ya que se centraba en el cumplimiento de las actividades cotidianas que permitirían el desarrollo del país, llevadas adelante por personas que “resultan patriotas sin saberlo”. En esta línea, Justo consideraba que “la enseñanza de la Historia en la escuela primaria ha de contribuir a dar a los niños ese patriotismo sin palabras” (1933, p. 274).7 Pero durante la década de 1930, el avance del fascismo a nivel mundial y de las derechas argentinas favorecería un reposicionamiento significativo del PS con respecto a la cuestión nacional, materia del presente trabajo. Este reposicionamiento no fue repentino ni fue vivido por la mayor parte de los protagonistas como un quiebre absoluto. En el nuevo contexto, los símbolos nacionales conquistaron nuevos espacios y la propia concepción socialista de la patria experimentó una transformación paulatina, pero finalmente profunda.
Como se dijo, tras la dictadura los socialistas pasaron a ocupar un lugar sin precedentes en el Parlamento. Los 42 diputados y los dos senadores socialistas asumían en 1932 una representación ciudadana más allá de la impronta clasista que había caracterizado al partido, no solo porque se trataba en una buena medida de votos radicales, sino también porque para entonces la clase obrera iba asumiendo un nuevo perfil, mucho más integrado y nacionalizado que durante las primeras décadas del siglo XX, cuando se imponía el “buen” patriotismo. Las consecuencias de este hecho cobraban forma en un momento de gran inestabilidad política, en el que sectores radicales y grupos nacionalistas vinculados a la dictadura conspiraban contra el gobierno. Las bandas nacionalistas desplegaban entonces su accionar, en especial la Legión Cívica, que contaba con el aval del Estado desde el gobierno de Uriburu. En ese contexto, el PS procuró tempranamente converger con los sectores liberales y convocó a una concentración masiva en defensa de la democracia, de la que también participaron sus antiguos compañeros del PSI, que ahora integraban el gobierno de Agustín P. Justo. De este modo se profundizaba la estrategia expresada en 1931 en la alianza con el PDP, que asumía la prioridad de preservar las libertades por sobre todas las cosas. Pocos días después del acto, el principal dirigente partidario, Nicolás Repetto, declaraba en una intervención parlamentaria reproducida en La Vanguardia: “hemos envainado, se puede decir, nuestras grandes nociones teóricas […] hemos puesto sordina a nuestras habituales exigencias, dando prueba de comprender y de sentir la realidad política de la nación”.8 Frente al avance de las derechas y el clima de inestabilidad política, el PS procuraba presentarse como un partido de orden y a establecer una relación cada vez más estrecha con la tradición liberal (Nállim, 2014), con la que se terminaría confundiendo.
Ese proceso, como se mencionó, fue paulatino. El día patrio del 25 de mayo ocupó un lugar totalmente secundario en 1932, y lo mismo puede decirse del 9 de julio, fecha en la que lejos de promocionar el aniversario en clave nacionalista, La Vanguardia ofreció una nota reproduciendo un proyecto de Justo de 1915 que impulsaba la creación de escuelas primarias para garantizar “la verdadera independencia nacional”,9 es decir, en clave del nacionalismo “sano” opuesto al nacionalismo oficial. En esta línea, se apuntaba que “Es sabido que unos sirven al país hablando y otros con su trabajo, como no puede negarse que unos viven de la patria y otros para ella sirviéndola y engrandeciéndola en la labor cotidiana”.10 Pero la cuestión patriótica era agitada cada vez más por los grupos nacionalistas como bandera en contra de las izquierdas. Esta agitación no era meramente discursiva: a fines de 1932 los legionarios atacaron un acto anarquista y asesinaron a un obrero, a mediados de 1933 varios militantes socialistas resultaron muertos por la Policía o por legionarios mientras se desarrollaban actos partidarios en la provincia de Buenos Aires; el caso más sonado fue el asesinato del diputado socialista cordobés José Guevara, en septiembre.11
A escala ampliada, parecía repetirse la situación del Centenario, cuando el PS se encontraba presionado por la agitación nacionalista de un lado y las reivindicaciones internacionalistas de los anarquistas y de sus propios militantes del otro. Entonces, la Ley de Defensa Social atacaba estos símbolos, lo cual terminó poniendo un límite a la adopción de las insignias y festividades patrias por parte de los socialistas. Ahora, un edicto policial establecía en 1932 que solo se autorizarían los desfiles callejeros de carácter religioso o patriótico (González Alemán, 2012). La única excepción incorporada explícitamente a esta regla era la movilización del 1° de Mayo, cuya prohibición parecía inviable, dada la importancia de la fecha y el propio peso del socialismo. La disposición no impedía los actos públicos, pero es claro que favorecía ampliamente el despliegue de los grupos de la derecha. Al año siguiente, tal vez midiendo la escasa reacción de los socialistas, el gobierno fue más allá: en vísperas del 1° de mayo, el gobierno emitió un decreto “A propósito del uso de las banderas”, que prohibía tanto en manifestaciones como en asambleas y reuniones públicas “el uso de otras banderas que la argentina y las de naciones extranjeras con quienes la república mantiene relaciones de amistad”.12 En otras palabras, el decreto prohibía las banderas de las izquierdas internacionalistas.
El avance del gobierno fue nuevamente exitoso; lejos de desafiarlo en nombre de la libertad de expresión, la dirección del PS resolvió suspender los actos públicos alusivos a la fecha en todo el país “como afirmación de protesta”.13 En su lugar, La Vanguardia publicó en su portada de la edición del 1° de mayo una declaración alusiva del comité ejecutivo y diversos discursos que se hubieran pronunciado de realizarse los actos. Un año atrás, la portada del diario socialista incluía la declaración de la IOS. La ausencia de esta en 1933 estaba parcialmente compensada por las todavía muy abundantes referencias internacionalistas de los textos publicados. Los textos retoman temas clásicos y de actualidad: Enrique Dickman abunda en clave positivista acerca del combate del socialismo contra el capitalismo; Manuel Palacín se refiere a las conquistas de la clase trabajadora y a sus avances y retrocesos; un extenso artículo cuenta la historia del himno de los trabajadores, La Internacional, que hace “vibrar, por su letra y por su música, a todos los proletarios del mundo” y “convierte en una realidad, aunque sólo sea en forma lírica, aquella frase que Marx pone al final de su célebre manifiesto”.14
Ahora bien: el timbre internacionalista de estas notas convive con una serie de discursos que se manifiestan fuertemente en distintos avisos y que interpelan desde otro lugar a los lectores socialistas. La publicidad de la empresa Yacimientos Petrolíferos Fiscales, “que es exclusivamente argentina”, siendo “El pueblo argentino, que ha formado el capital de YPF, su único accionista”, compite con la “nafta Energina, insuperable y netamente argentina”, ofrecida por la petrolera británica Shell-Mex, y con la norteamericana Standard Oil, que en 1911 “ya tenía su destilería argentina” por lo que desde entonces se encontraba “contribuyendo al afianzamiento económico e industrial de la nación”.15 Si bien no implican por sí mismos una modificación en la línea partidaria, estos avisos, típicos de la época, resultan reveladores del despliegue del contenido ideológico nacionalista e industrialista en la sociedad en general –además de YPF, los monopolios petroleros internacionales procuran asociarse a la argentinidad–, y también de su avance entre los votantes socialistas, que son quienes en definitiva los leen. Este avance no tardará en traspasar las fronteras de la publicidad.
En ese 1° de mayo de 1933 aparecen asimismo reflexiones doctrinarias asociadas a una mirada nacional, separadas de los numerosos artículos consagrados al “día internacional del trabajo”, como preferían denominarlo los dirigentes del PS. Bajo el título “Los intereses nacionales y el socialismo”, el entonces joven Américo Ghioldi abordaba el caso de los socialistas españoles, destacando el componente de “emoción histórica y nacional”; la oportunidad del artículo se justificaba porque eran “compañeros de la Internacional socialista”.16 Asimismo, una nota de Juan Antonio Solari se refiere a la sanción de la Constitución nacional de 1853 –que casualmente fue aprobada también el 1° de mayo–, destacando su valor “humanista y justiciero”, aun cuando no respondiera “íntegramente a nuestras aspiraciones”, asociadas a una reforma profunda.17 Los conceptos de Ghioldi y de Solari abrevaban en la tradición partidaria aunque con un énfasis distinto, que invoca explícitamente los sentimientos nacionales. Y si bien ocupan todavía un espacio menor con respecto a los contenidos puramente socialistas e internacionalistas asociados al 1° de mayo, indican una tendencia que se hará pronto más visible.
Ese 25 de mayo La Vanguardia otorgó a la fecha patria un espacio mayor que en ocasiones previas y habilitó un desplazamiento interpretativo sutil pero significativo. Lo fundamental de la Revolución será no ya su contenido económico asociado a los intereses de la burguesía, como se había planteado hasta ese momento, sino su carácter democrático.18 Y, según prescribe el diario socialista, es ese “contenido decididamente democrático” el que “debemos ver y respetar los socialistas argentinos”.19 El cambio de mirada está asociado al corrimiento de lo material a lo ético identificado por Martínez Mazzola (2011), que se desarrolló durante la década de 1930. Alentado por la incorporación o el regreso al PS de intelectuales reformistas empapados en una perspectiva arielista, entre los que interesa destacar a Alfredo Palacios, este desplazamiento no implicaba necesariamente el abandono de una perspectiva clasista. Sin embargo, su profundización ante el avance de las derechas y del autoritarismo del gobierno de Justo terminará provocando justamente ese efecto.
Una nueva relación con la nación
Al contexto político descripto en el apartado anterior vinieron a sumarse hacia mediados de 1933 las actuaciones gubernamentales en el contexto de la crisis económica mundial. La firma del pacto Roca-Runciman, que según una importante franja de la opinión pública perjudicaba a la Argentina, ofrecía un poderoso ángulo de intervención a los socialistas. Nos encontramos ante un nuevo contexto político y económico proclive al fortalecimiento de los discursos nacionalistas en general (Cattaruzza, 2016), a cuyo despliegue contribuyó presumiblemente el antiimperialismo que se venía instalando desde la década previa en clave antinorteamericana y que, en el contexto de la crisis de 1930, asumió un carácter antibritánico. Así las cosas, el 9 de julio de 1933 el PS podía jactarse no sólo de impulsar la construcción de escuelas y las labores cotidianas en honor a la patria, sino de defender la independencia nacional en contra del gobierno que buscaba favorecer los intereses ingleses y de los ganaderos asociados a ellos.20
En esa oportunidad el 9 de julio tuvo un despliegue que desbordaba los límites previos, incluyendo la reproducción de una conferencia radiofónica sobre el tema de Solari y otra de Alberto del Castillo. Esta última llama especialmente la atención porque había sido pronunciada el 25 de mayo –hacía ya un mes y medio– y porque abordaba un tema inusual teniendo en cuenta el enfoque tradicional de La Vanguardia de estas conmemoraciones. Castillo propone una inspiración musical en los hechos de Mayo, que habría permeado la tierra patria y su bandera. El alma de Mozart habría llegado en la forma de “una voz que arrulló al pensamiento y la acción de Mayo, al encontrar en la belleza, en la pureza, en la amplitud de nuestro suelo, la armonía que necesitaba su alma”. También la música se haría presente en la bandera argentina, que “es resultado de una vibración que suena en el ambiente”.21 De esta manera, los discursos puestos en circulación procuraban asociar la patria con lo sensible, lo cual tiene antecedentes en los intentos fallidos de Palacios, Ugarte o el propio Juan B. Justo de incorporar la bandera a la simbología partidaria. Pero también guardaba su dosis de novedad en la liturgia socialista, más inclinada a vibrar con las identificaciones internacionalistas, como lo expresa la propia nota publicada el 1° de mayo del mismo año sobre el himno del proletariado mundial.22 Al hablar por radio sobre estos temas los socialistas se dirigían a un público más amplio que el de los lectores de La Vanguardia, y procuraban posicionarse como referentes de un tema distante de sus principales intereses previos.
Un avance significativo en esa línea se observa para el 1° de mayo de 1934, oportunidad en la que los militantes socialistas pudieron escuchar a Palacios llamar a “volver la vista a nosotros mismos, retornar a los orígenes de nuestra nacionalidad y abrazar nuevamente la causa de la libertad”. El fragmento, más propio de una fecha patria, está en línea con lo planteado un año atrás por Ghioldi con respecto al socialismo español y con la nueva visión de la independencia que se instalaba, y apuntaba a resaltar los rasgos de la nación contra “todos los extremos” que predican “la discordia y el despotismo”. Y esto en el marco de una fecha clasista, expresión al menos hasta ese momento de la lucha de clases: era esta discordia la que se suponía impulsaba la historia hacia adelante y por eso mismo los socialistas la reivindicaban, particularmente los 1° de mayo. En el mismo discurso, citando a Jean Jaurès, Palacios hablaba abiertamente de “reemplazar a la lucha de clases con la armonía social”, proclamaba que “el socialismo no deserta de la patria” y llamaba a abandonar el “internacionalismo abstracto”. Invitando a asociarse a nuevos sentimientos, plantea también ubicar la fecha dentro de la tradición nacional, haciendo referencia al pronunciamiento de Justo José de Urquiza del 1° de mayo de 1851 contra el gobernador bonaerense Juan Manuel de Rosas.
Ya se ha comentado la inclinación de larga data de Palacios por un socialismo “nacional”, pero para 1934 otros dirigentes como Enrique Dickman se sumaban a esta última perspectiva, reivindicando en su discurso el 1° de mayo de 1851 y el de 1853, cuando se proclamó la Constitución, evocado también el año anterior por Solari. Se hace referencia asimismo a la Revolución de Mayo como gesta liberadora, entre párrafos sobre las contradicciones del capitalismo y la crisis mundial.23 Lo cierto es que la cuestión nacional aparece instalada con una fuerza inusitada en ese 1° de mayo de 1934, marcando una novedad que seguiría avanzando los años siguientes. Esto no le impide al PS protestar, sin percatarse de la paradoja, porque la fecha “se ha ido desnaturalizando en tal forma en nuestro país y en transcurso de los últimos años que hoy sirve para todo”.24 La condena apunta a las convocatorias de los círculos católicos de obreros y de grupos conservadores, aunque quedan pocas dudas de que le cabría al propio partido.
Algunos días después, Palacios presentará su proyecto sobre Malvinas. El legislador socialista defendió la necesidad de iniciar una campaña patriótica entre la población a fin de difundir los derechos argentinos sobre las Islas. La iniciativa en sí implicaba claramente una ruptura con los principios del nacionalismo “sano” propugnado hasta ese momento por el PS, que apuntaba al mejoramiento social de la nación. El lenguaje de Palacios fue frecuentemente el del honor, tanto en lo que hace a lo personal –de ahí sus batidas a duelo– como en su defensa de la dignidad obrera, para lo cual era necesario impulsar leyes que mejoraran las condiciones de vida y de trabajo. Ahora el concepto se aplicaba a la nación, cuyo honor había sido mancillado por un abuso de fuerza de una de las naciones más poderosas del mundo (Guber, 1999). Para eso, resultaba fundamental que el pueblo argentino conociera su derecho, que no es aquí el del mejoramiento social. El PS proponía por primera vez a través de Palacios construir una causa nacional en torno a un reclamo territorial. Fue sin duda el nuevo contexto abierto por la crisis mundial el disparador que puso en movimiento un conjunto de iniciativas originadas desde los más diversos espacios políticos, impactados todos por el avance del nacionalismo y los discursos antiimperialistas. Malvinas se sumaba así a la denuncia contra los frigoríficos británicos y norteamericanos, encabezada por Lisandro de la Torre y secundada por Palacios, y a la del tratado Roca-Runciman.
Pero la intervención de Palacios asume además un tono esencialista con respecto a la nación, que más adelante será adoptado por otros dirigentes: “Constituimos la única nación del mundo que puede presentarse como admirable modeladora del alma colectiva, habiendo marcado en sus relaciones con los otros pueblos una línea recta de idealismo impulsada por la justicia y el honor” (Palacios, 1934, p. 127), afirma, en un discurso con reminiscencias arielistas, con componentes románticos y modernistas. Sin relación directa con los problemas sociales del momento, la presentación sobre Malvinas planteaba una gran causa que interpelaba a todos los argentinos, dotados de una espiritualidad superior, que el legislador socialista oponía al materialismo anglosajón (Benclowicz, 2025). Su discurso en el Senado fue reproducido extensamente en La Vanguardia, que incluyó también por primera vez como efeméride la creación de la Comandancia político-militar de Malvinas el 10 de junio de 1829.25 Podría decirse que los socialistas se lanzaban a competir con el nacionalismo en su propio terreno. La mirada centrada en la reivindicación de los desposeídos se corría hacia la patria, desposeída ilegítimamente de su territorio, y era la patria el sujeto colectivo señalado para compenetrarse afectivamente.
Palacios tenía rasgos políticos particulares, pero al contrario de lo que se ha sugerido, la línea que desarrolló por entonces era completamente coherente con la de la dirección del PS. Además de la situación local, el PS se encontraba sometido a presiones similares al resto de la socialdemocracia, jaqueada por el avance del nazismo y dividida en torno a la necesidad de volcarse a una política más internacionalista, como proponían sus principales referentes, o más nacionalista (Imlay, 2018). El PS se fue encolumnando tras esta última perspectiva, no sin fuertes conflictos y rupturas. La izquierda socialista, que encarnó la mirada contraria, detentaba por entonces una considerable influencia entre las filas partidarias. Para estos sectores se imponía dejar de lado la táctica reformista y colocar en un primer plano el clasismo y el internacionalismo. Un primer enfrentamiento importante entre ambas tendencias se registró en el XXII congreso de mayo de 1934. Como no podía ser de otro modo, en esa oportunidad la cuestión del nacionalismo se hizo presente con fuerza una vez más. La Vanguardia volvió a publicar distintos fragmentos de Justo y demás dirigentes sobre el tema, procurando legitimar la política adoptada, frente a los planteos de la izquierda, que denunciaba a la dirección por pretender “infiltrar el nacionalismo en nuestras filas”. Ernesto Giúdici, entre otros referentes de este sector, apuntaría contra “la tendencia nacionalista que se manifiesta en los dirigentes del partido”.26 La derrota de este sector en ese congreso y, nuevamente, en el congreso extraordinario de mayo de 1935, convocado para discutir la táctica del partido, dejaba allanado el camino para consolidar el giro patriótico.
La consolidación del nuevo nacionalismo en el PS
Con los sectores de izquierda expulsados o neutralizados tras el congreso extraordinario de mayo de 1935,27 se pueden observar nuevos avances en el proceso de transformación que se examina aquí. A propósito del 9 de julio de ese año, La Vanguardia elogió los desfiles oficiales que se celebraron, cuya aparatosidad y vacuidad había sido denunciada en el pasado.28 El tema Malvinas volvió a aparecer en el diario socialista que aseguró que “es un sentimiento nacional”, a propósito del caso de un hombre nacido en las Islas que solicitó enrolarse en el ejército. La nota publicada en la portada afirmaba que el sujeto en cuestión “ha venido a Buenos Aires a cumplir sus deberes de argentino”,29 identificados ahora con el servicio militar por el mismo partido que supo hacer de la denuncia del militarismo una bandera. La nueva perspectiva patriótica dentro del PS se fortalecía por la creciente convergencia antifascista con las fuerzas liberales, acicateada por el estallido de la guerra civil española. En ese contexto, la dirección socialista se esforzó por diferenciarse del comunismo y de los discursos izquierdistas que confluían en el frente antifascista con un discurso internacionalista y revolucionario (Bisso, 2007).
Ya desde 1931, la Alianza Civil con el PDP había dado lugar a una situación inédita para los socialistas: era la primera vez que establecían un frente electoral, y lo hacían con un partido “burgués”. Desde ese momento, las condiciones para un acercamiento con todas las fuerzas consideradas democráticas no hicieron más que robustecerse. En 1936 el PS daba un nuevo paso en este sentido organizando por primera vez de manera conjunta el acto por el 1° de Mayo. Ese año participó de la misma convocatoria el principal partido opositor, la UCR, además de la CGT dirigida por los socialistas, el PC y un disminuido PDP. Fue un ensayo de frente popular que no prosperó electoralmente, sobre todo por la actitud reacia de los radicales, que volvían al ruedo y desplazarían al PS de parte importante de los espacios legislativos que habían llegado a ocupar. Pero más allá de los comicios, avanzaba una amplia convergencia en defensa de la democracia, que propició el despliegue de identificaciones con la nación tan típicas para otros agrupamientos como extrañas en la cultura política del PS. Así, el otrora acto internacionalista dio comienzo en esta oportunidad con los acordes del Himno nacional, que según La Vanguardia fue coreado y aplaudido por buena parte de la concurrencia.30 Los simpatizantes socialistas pudieron escuchar a oradores inhabituales como Arturo Frondizi, que habló en nombre de la UCR –además de Emilio Ravignani y Eduardo Araujo– y se permitió sugerir dejar de lado en esta oportunidad “el canto al trabajo”, para atender “el destino trágico de las horas que vive el país”. Conceptos análogos formuló en un improvisado discurso Lisandro de la Torre, al plantear que “antes la voz de orden era: «Trabajadores del mundo, uníos», y que hoy debe ser: «Hombres libres de todo el mundo, uníos»”. La idea no era verdaderamente distinta a la planteada por Repetto en 1932 en el Parlamento y citada más arriba: en nombre de “sentir la realidad de la nación” el PS dejaba de lado sus reivindicaciones tradicionales para privilegiar la lucha por las libertades. La particularidad de 1936 era que se montaba sobre el principal escenario internacionalista de la liturgia partidaria, allí convergían todos los actores políticos que se reivindicaban democráticos levantando los estandartes patrióticos. Y justamente en ese escenario en el que irrumpía la simbología nacional estaba ausente la bandera roja, ya que el decreto de 1933 que prohibía su utilización en manifestaciones públicas seguía aplicándose a pesar de las quejas de los socialistas.31
Tras esa amplia concentración por el 1° de mayo, la perspectiva de conformar un frente popular tenía tal respaldo entre la militancia del PS que el congreso nacional que se reunió pocos meses después aprobó esa propuesta por unanimidad (Dickmann, 1936, pp. 67-68). Sin embargo, no había coincidencia en torno a qué fuerzas debían participar. La dirección del PS no estaba dispuesta a celebrar una alianza con el PC. En cambio, para los sectores izquierdistas que aún permanecían en el partido, se trataba de un aliado ineludible, con el que coincidían en sostener un conjunto de proclamas internacionalistas y clasistas que habían sido dejadas casi completamente de lado por la cúpula partidaria. Estas tensiones llegaron a un punto máximo en ocasión del acto por el día del trabajador de 1937, oportunidad en la que los sectores de izquierda llamaron a un acto de unidad con los comunistas por fuera de la convocatoria del PS.32 Poco después, este sector se separaría de la vieja organización para fundar el efímero Partido Socialista Obrero (PSO). Las actividades convocadas por el PS se realizaban esta vez sin la concurrencia de otras fuerzas, pero ciertas innovaciones que se habían propiciado en el escenario de 1936 permanecieron. En la velada partidaria que se celebraba habitualmente la noche previa al 1° de mayo, fue el Himno nacional el que presidió la apertura del evento, recién en segundo lugar sonaron los acordes de La Internacional.33 Al día siguiente no se entonaron las estrofas de la canción patria, pero de algún modo no dejó de estar presente: Enrique Dickmann –uno de los oradores designados para el acto central–, se las arregló para invocarlo a propósito de una cuestión teñida de internacionalismo: la reivindicación de la República española, asediada desde julio del año anterior por el franquismo. En su defensa, parafraseó “la estrofa gloriosa del himno nacional”, para asegurar que “los hombres libres del mundo responden al gran pueblo español, salud!”.34
Ya en 1938, tanto la velada del día anterior como el acto por el día del trabajo se iniciaron con la entonación de la canción patria. El palco central se decoró con dos grandes banderas argentinas, y el acto se cerró con una nueva ejecución del himno nacional. La Vanguardia no registra para cierre del evento que se haya interpretado La Internacional.35 En la apertura, “millares de voces proletarias corearon la canción patria, con sentimiento y unción espontánea”, emociones que de acuerdo a lo que sugiere el diario socialista no tuvieron la misma intensidad cuando “Terminado el Himno Nacional y acallados los aplausos con que la multitud recibió su ejecución, se tocó La Internacional, que también fue coreada y aplaudida”. En ese 1° de mayo se condensaban de algún modo los resultados del paulatino y al mismo tiempo acelerado proceso de deslizamientos que vengo examinando. Seis años antes, como se comentó al principio del trabajo, Mario Bravo –que supo figurar entre los dirigentes internacionalistas de la vieja guardia– identificaba la bandera roja como propia, distinguiéndola de la nacional, respetada aunque ajena. En 1938, acaso para despejar cualquier duda sobre su fidelidad a la línea partidaria vigente, le tocó defender una metamorfosis que no pasaba ya desapercibida. Bravo pronunció el discurso de cierre aquel día, destacando que la manifestación afirmaba y ampliaba su sentido nacional, realizándose “bajo el auspicio del himno nacional, como hace dos años, y ostentado por primera vez en la historia de estas celebraciones, como expresión de una nueva simbología, en esta tribuna y en las columnas del desfile, la bandera argentina”. Con los últimos sectores izquierdistas separados del partido en 1937, aseguraba que “hemos quebrado prejuicios y concluido con el monopolio de la patria y de sus símbolos [que] esta inmensa manifestación ha incorporado con vivo entusiasmo al acervo de su fe y de su emoción”.36 La ausencia de banderas rojas subrayaba el contraste simbólico con la etapa del nacionalismo “sano” que quedaba atrás. Entonces, la prohibición de la simbología socialista provocaba el distanciamiento con respecto a las insignias nacionales. Ahora estas últimas se asumían como propias, como había querido Palacios en 1914, sólo que desplazando también a las identificaciones internacionalistas. Es evidente que para entonces la militancia –la que quedaba en el PS– se identificaba emocionalmente con la nación y sus emblemas. En este sentido, lo que observamos para finales de los años 30 es la culminación del proceso de desplazamientos y transformación de la cultura política socialista iniciado a principios de esa década.
En la misma edición –y en la misma página– donde publicaba el balance del acto del día del trabajo, La Vanguardia anunciaba la presentación de un proyecto de Enrique Dickmann en el Congreso para crear una comisión de investigación sobre las actividades nazis en el país.37 Resulta pertinente comprender esta iniciativa, más conocida, en el contexto de las transformaciones que vengo examinando aquí. El legislador socialista retomaba un conjunto de denuncias que venían circulando en los medios liberales a propósito de la influencia y propaganda nazi-fascista en distintas instituciones germano-argentinas, en especial en las escuelas alemanas (Bisso, 2007; Friedmann, 2009). Pocos días después, el gobierno de Roberto Ortiz, que había sucedido al de Justo, decretaba la obligatoriedad por parte de las escuelas extranjeras de exhibir la bandera nacional, además de impartir contenidos de historia y geografía argentinas. Dickmann consideró que el decreto presidencial era insuficiente: en las escuelas que actuaban bajo inspiración nazi se impedía la asimilación de los alemanes y sus descendientes al “espíritu argentino” (Dickmann, 1939). Se trata de una concepción cerrada de la nacionalidad basada en la hispanidad, el cristianismo y la democracia que, como apuntó Friedmann (2009), podía servir para validar otras orientaciones, como la de Sánchez Sorondo y su proyecto de represión al comunismo o incluso la de los grupos antisemitas que impugnaban las actividades de las instituciones culturales judías. Ambos denunciaban la “infiltración” de sus detractores como un cuerpo ajeno a la nación. De manera similar a la iniciativa de Palacios en 1934 a propósito de Malvinas, Dickmann se ponía a la cabeza de una campaña en defensa de una argentinidad concebida en clave esencialista, concepción que se reforzará en sus presentaciones subsiguientes y en las de Solari, quien llegará a presidir la Comisión Investigadora de Actividades Antiargentinas, finalmente creada pocos años más tarde.
Un mes después de la presentación del proyecto de Dickmann y de los anuncios de Bravo del día del trabajo, el Congreso Nacional establecía con el voto de la bancada socialista el día de la bandera argentina y el XXIV congreso del PS que deliberaba en esos momentos saludó la iniciativa.38 Diez años habían pasado desde que, en el contexto de la querella con los socialistas independientes, el PS acusara a estos ante la Internacional de exhibir la bandera argentina como un acto ilegítimo y tan sólo seis desde que Bravo tomara distancia de ella en nombre de la insignia roja. Ahora, el PS embanderaba la Casa del Pueblo para la ocasión sin las protestas que se habían hecho oír en el pasado.39 No solo los símbolos patrios habían sido incorporados a la liturgia partidaria, las efemérides y la historia argentina en general eran materia de cursos que se replicaban en distintos centros socialistas.40 Todo esto nos habla de una evolución del socialismo argentino pero también de una más amplia, nacional e internacional, que operaba en la sociedad en general e impactaba en el campo político, al menos en aquellas organizaciones con peso y predicamento. El propio PC, que no tardaría en incorporar las mismas referencias y símbolos nacionales, resultó ser un refugio fugaz para los discursos que colocaban al internacionalismo en un lugar central. En lo que hace al PS, atrás quedaba el nacionalismo “sano” y en gran medida también la impronta clasista que habían acompañado al partido durante su período de mayor influencia en la sociedad argentina.
Referencias
Amorebieta y Vera, M.L. y J. Guiamet (2022). El Partido Socialista argentino y la cuestión nacional a partir de los usos del pasado independentista (1905-1942). Anuario de Estudios Americanos, 79 (2), 705-734.
Arias Maldonado, M. (2017). Las bases afectivas del populismo. Revista Internacional de Pensamiento Político, 12, 151-167.
Bartolucci, M. y S. Gayol (2025). Las emociones políticas: abordajes y potencialidades de un campo emergente. Páginas, 43, 1-20.
Benclowicz, J. y L. Poy (2023). El Partido Socialista argentino y el inter-nacionalismo. Las relaciones con la socialdemocracia mundial hacia la década de 1920. Revista de Historia Americana y Argentina, 58, 117-147.
Benclowicz, J. (2025). Erigiendo una causa nacional a partir de un reclamo desconocido. Malvinas durante el período de entreguerras. Sociohistórica, 55, 1-23.
Bertoni, L. (2001). Patriotas, cosmopolitas y nacionalistas. La construcción de la nacionalidad argentina a fines del siglo XIX. FCE.
Bisso, A. (2007). El antifascismo argentino. CeDinCI.
Cattaruzza, A. (2016). Las culturas políticas en la Argentina de los años treinta: algunos problemas abiertos. Anuario del Instituto de Historia Argentina, 16 (2), 1-57.
Dickmann, A. (1933). Nacionalismo y socialismo. s/ed.
Dickmann, A. (1936). Los congresos socialistas. La Vanguardia.
Dickmann, E. (1939). La infiltración nazi-fascista en la Argentina. Ediciones Sociales Argentinas.
Friedmann, G. (2009). La política guerrera. En L. Bertoni y L. de Privitellio (comps.), Conflictos en democracia (pp. 191-212). Siglo XXI.
García Costa, V. (1986). Alfredo L. Palacios. Un socialismo argentino y para la Argentina, vol. 1. CEAL.
González Alemán, M. (2012). ¿Qué hacer con la calle? La definición del espacio público porteño y el edicto policial de 1932. Boletín del Instituto de Historia Argentina y Americana Dr. Emilio Ravignani, 34, 107-139.
Guber, R. (1999). Alfredo Lorenzo Palacios. Honor y dignidad en la nacionalización de la causa «Malvinas». Revista de Ciencias Sociales, 10, 83-115.
Herrera, C. (2016). ¿Adiós al proletariado? Imago Mundi.
Herrera, C. (2018). La construcción de un socialismo argentino en torno a Alfredo Palacios. Estudios Sociales, 55 (2), 91-120.
Hobsbawm, E. (1988). Working-class Internationalism. En F. Van Holthoon y M. Van der Linden (eds.). Internationalism in the labour movement (pp. 3-16). Brill.
Imlay, T. (2018). The practice of socialist internationalism. Oxford University Press.
Iñigo Carrera, N. (2016). La otra estrategia. Imago Mundi.
Justo, J.B. (1933). Internacionalismo y patria. La Vanguardia.
Martínez Mazzola, R. (2011). Justo, Korn, Ghioldi. El Partido Socialista y la tradición liberal. Papeles de Trabajo, 8, 35-52.
Martínez Mazzola, R. (2015). ¿Males pasajeros? El Partido Socialista frente a las consecuencias de la ley Sáenz Peña. Archivos de Historia del Movimiento Obrero y la Izquierda, 6, 53-72.
Merbilhaá, M. (2013). Patriotismo “sano” o internacionalismo proletario: Ugarte, Justo y La Vanguardia. Estudios de Filosofía Práctica e Historia de las Ideas, 15 (1), 11-26.
Nállim, J. (2014). Transformación y crisis del liberalismo. Gedisa.
Palacios, A. (1934). Las Islas Malvinas. Claridad.
Poy, L. y J. Benclowicz (2026). Forging a Peripheral Inter-nationalism: The Argentine Socialist Party’s Relationship with the Internationals (1889-1940). International Review of Social History (first view).
Reyes, F. (2018a). La patria es el otro, pero no para siempre. La cuestión de la nación en el socialismo de la Argentina finisecular (1894-1912). Historia y Política, 39, 203-234.
Reyes, F. (2018b). El Jano socialista. Juan B. Justo y el lugar de los símbolos en la política moderna. Estudios Sociales, 55, 65-90.
1. La Vanguardia (LV), “La clase trabajadora argentina necesita, también, su independencia, dijo Bravo”, 26 de marzo de 1932.
2. No solo el socialismo, parte del pensamiento liberal registra similares miras universalistas. Ambos comparten una perspectiva evolucionista que llevaría, según esperaban, al rebasamiento de los límites del Estado-nación (Hobsbawm, 1988).
3. A diferencia de los nacionalistas, que postulaban la existencia previa de una comunidad diferenciada de lo extranjero como fundamento de la patria, el contractualismo liberal había concebido la nacionalidad como emanada de la voluntad soberana del pueblo (Hobsbawm, 1988; Bertoni, 2001).
4. Como plantea Merbilhaá (2013), buena parte de las argumentaciones que despliega Justo sobre este punto no se diferencian demasiado de las posiciones “patrióticas” de Ugarte.
5. Un análisis de las oscilaciones de Justo a propósito de los símbolos puede verse en Reyes (2018b).
6. LV, “El XII Congreso del Partido Socialista”, 25 y 26 de mayo de 1914.
7. En este punto, el pensamiento de Justo y del socialismo confluye con el de pedagogos liberales como Pablo Pizzurno, que planteaba a los maestros la necesidad de hablar de la patria “no con frases enfáticas y explosiones patrioteras” y rescataba entre los patriotas a los trabajadores “humildes, desconocidos, pero no menos eficaces” (“Consejos a los Maestros”, en El Monitor de la Educación Común, Buenos Aires, 1906, p. 6 y 7).
8. LV, “La palabra del diputado Repetto”, 16 de junio de 1932.
9. LV, “La emancipación y la escuela”, 9 de julio de 1932
10. LV, “«Nacionalismo» oratorio y reaccionario”, 11 de julio de 1932
11. Un repaso detallado de estos ataques puede verse en Iñigo Carrera (2016).
12. LV, “Frente a un decreto sobre banderas”, 29 de abril de 1933.
13. LV, “No habrá manifestaciones el 1° de mayo”, 30 de abril de 1933.
14. LV, “La Internacional”, 1° de mayo de 1933.
15. LV, 1° de mayo de 1933, p. 11, 12 y 25.
16. LV, “Los intereses nacionales y el socialismo”, 1° de mayo de 1933.
17. LV, “A ochenta años de la Constitución”, 1° de mayo de 1933.
18. LV, “La lección de Mayo”, 25 de mayo de 1933.
19. LV, “Contenido democrático de la Revolución”, 25 de mayo de 1933.
20. LV, “9 de julio de 1933”, 9 de julio de 1933.
21. LV, “Influencia de la música en la Acción de mayo”, 10 de julio de 1933.
22. Como señala Reyes (2018b), este tipo de asociación era justamente la que propuso Ugarte hacia 1916, después de ser expulsado del partido acusado de promover el “atavismo patriótico”.
23. LV, “Somos los herederos de todos los grandes ideales de la humanidad”, 2 y 3 de mayo de 1934.
24. LV, “Celebración del 1° de Mayo. Adhesiones curiosas”, 2 y 3 de mayo de 1934.
25. LV, “Efemérides”, 10 de junio de 1934.
26. LV, “El XXII Congreso del Partido aprobó el despacho de la mayoría de la comisión sobre orientación y táctica”, 27 de mayo de 1934; “Concepto socialista sobre la patria”, 25 de mayo de 1934 y “Dio origen a importantes debates la discusión general del informe”, 26 de mayo de 1934.
27. Dirigentes como Giúdice terminaron afilándose al PC; otros como Benito Marianetti, Juan Unamuno y Joaquín Coca permanecieron unos años más y defendieron la conformación de un frente popular amplio que incluyera también al PC.
28. LV, “Celebróse con brillo el aniversario de la Independencia”, 10 de julio de 1935.
29. LV, “Soberanía argentina en las Malvinas. Sentimiento nacional”, 20 de julio de 1935.
30. LV, “Una inmensa multitud reafirmó los anhelos de paz, de libertad y de justicia social del pueblo argentino”, 3 de mayo de 1936, p. 2.
31. Véase LV, “Gobierno reincidente”, 1° de mayo de 1935, pp. 1 y 3.
32. Véase LV, “Barranca abajo”, 1° de mayo de 1937, p. 3.
33. LV, “Brillante y entusiasta resultó la velada del teatro Coliseo”, 1° de mayo de 1937, p. 2
34. LV, “Lucharemos, expresó el Dr. Dickmann, por la paz y la democracia”, 3 de mayo de 1937, p. 2
35. LV, “Con los actos de anoche comenzaron los festejos del 1° de Mayo en todo el país”, 1° de mayo de 1938, p. 6; “El mitin del Primero de Mayo”, 3 de mayo de 1938, p. 2.
36. LV, “No tengamos a la unidad obrera y democrática como un mito”, 3 de mayo de 1938, p. 3.
37. LV, “Actividades nazis”, 3 de mayo de 1938, p. 2
38. LV, “Quedó convertido en ley el proyecto estableciendo el dia de la bandera”, 9 de junio de 1938.
39. LV, “La bandera en la casa del pueblo”, 21 de junio de 1938.
40. Véase por ejemplo LV, “Finalizará hoy el curso sobre la Revolución de Mayo a cargo de Solari”, 11 de junio de 1938; “Inicióse en Rosario un curso sobre «La República Argentina»”, 21 de junio de 1938.