Juan Buonuome, Un diario para el pueblo. Periodismo de izquierda en la historia argentina, Buenos Aires, Siglo XXI, 2025, 256 pgs.
* * *
Un diario para el pueblo. Periodismo de izquierda en la historia argentina es la adaptación a libro de la tesis doctoral del historiador Juan Buonuome, investigador del CONICET y docente en la Universidad de San Andrés. El texto, si bien su subtítulo aparenta una historización general, es una reconstrucción de la trayectoria de La Vanguardia, el periódico nacido en 1894 y ligado al Partido Socialista. A lo largo de sus páginas, el autor realiza un abordaje del periódico que, desde sus puntos de partida, propone salir de la concepción de las publicaciones de izquierda como un espacio pequeño y circular, para dialogar con el amplio mundo de la prensa en un período de modernización técnica, ampliación de públicos y transformación de agendas, pero también con la vida pública e interna del PS y las ideas de su universo político.
Esa suerte de diagonal temática resulta un aporte central del enfoque del trabajo, que a medida que despliega sus capítulos establece diálogos con una serie de tópicos centrales para la historia argentina desde fines del siglo XIX hasta la década de 1940, pasados por la óptica de una publicación que, en la perspectiva de Buonuome, permite compatibilizar debates ideológicos de referencia con transformaciones editoriales coyunturales y vistas al amplio circuito de diarios porteños con estrategias partidarias muchas veces en tensión. Esa mirada amplia aparece desde el punto de partida del libro, que en su introducción traza un cruce que será soporte del recorrido: las relaciones entre una parte representativa de las izquierdas argentinas y el exterior de su campo ideológico. Allí, la publicación era al mismo tiempo militante y apuntaba a llegar a un “pueblo” entendido en un sentido amplio, fruto de una mirada sobre la sociedad de clases.
El libro propone una lectura de su objeto en el encuadre de una veloz transformación social producida por el crecimiento demográfico, el acceso a industrias culturales heterogéneas de parte de colectivos amplios y la profesionalización de la gran prensa, en el marco de una industria periodística que resultaba la mayor de América Latina, pero donde las publicaciones ideológicas operaron mayormente en el contexto urbano. Así, en sus inicios La Vanguardia le escribió a ese “pueblo” contra la “prensa burguesa” (simbolizada por el diario La Prensa, que Alberto Gainza Paz había lanzado en 1869), pero compitió en el mismo espacio de las publicaciones periódicas y, a diferencia de otros proyectos ideológicos, no resignó tomar parte de la agenda que definía los ejes y contornos del gran periodismo comercial. Sobre este, la mirada del vocero socialista articuló críticas por su rol como parte del sistema capitalista en sus primeros años, marcado por la figura de Juan B. Justo, referente del partido, y una defensa de las libertades del universo general del periodismo posteriormente, desde una mirada cívica, temáticas que el libro recorre transversalmente.
En el primer capítulo, “Militancia impresa”, Buonuome aborda las instancias de posicionamiento de La Vanguardia en el mapa de la prensa porteña, atendiendo a las ideas-fuerza del periódico, el vínculo con el PS y la figura central de Justo, las tensiones entre la militancia y la profesionalización general del periodismo y entre la mirada socialista y la vida sociopolítica de fines del siglo XIX y principios del XX. En el segundo, “Contra la prensa burguesa”, despliega una lectura sobre los modos en los que el diario se plantó contra el periodismo comercial, al que coloca como un eje posicional mayor a las polémicas contra otras vertientes (sean en las izquierdas o contra las voces del catolicismo), con La Prensa, como señalamos, como caso central.
En el capítulo tres, “Un diario para el pueblo”, se recogen diversas instancias sobre las transformaciones sociales que atravesaron el perfil de La Vanguardia, entre la apelación a los lectores urbanos, la heterogeneización de los consumos y la publicidad, y el impacto interno de esas dinámicas en el diario, entre la profesionalización y la construcción de la Sociedad Anónima La Vanguardia. Esa efervescencia social también aparece en el cuarto capítulo, “La Vanguardia y las voces populares de la prensa”, que plasma una de las ideas fuertes de Buonuome respecto a trabajos previos: la relación del periódico socialista con las manifestaciones populares, donde no faltan ni las polémicas sobre Crítica, el exitoso diario que había fundado en 1913 Natalio Botana, ni las miradas pedagógicas sobre el juego y los vicios como problemas de los sectores populares, con una mirada pedagógica y tono moral.
“La prensa como símbolo y práctica de la libertad” es el quinto y último capítulo, donde el historiador avanza sobre un tema que había marcado antes: las lecturas sobre las libertades cívicas en el periódico, un tema central especialmente en el contexto de la década de ١٩٣٠, tópico que conectó a La Vanguardia (y al socialismo) con la tradición liberal decimonónica y, luego, lo situó en el campo antifascista. En el sentido inverso, estrategias socialistas también impactaron sobre “la prensa burguesa”, como en el caso de la creación de La Casa del Pueblo como espacio de sociabilidad. Sin embargo, en este nuevo contexto de modernización periodística y tras un momento de avance político del PS, La Vanguardia abandonó previos intentos de seguir esas dinámicas y “pareció replegarse”, dice Buonuome, más allá de un último intento al estilo de aquellas búsquedas de los primeros años, en este caso bajo la dirección de Mario Bravo, quien buscó poner a la publicación en el centro de su política de cambio para el socialismo.
En esa etapa, historietas e información internacional atenta al febril mapamundi coincidieron en el perfil antifascista mientras que, en ese marco, el diario cambió su constitución comercial y profesional e incorporó más atención a los deportes y las denuncias político-judiciales a la luz del auge denuncista de la etapa. Estos giros implicaron el mayor éxito de ventas de la historia de la publicación, pero no lograron sostenerse: como marca el autor, cambios internos, pero fundamentalmente un contexto signado por el verticalismo estatal y la escasez de papel en la década de 1940 cerraron una etapa, con La Vanguardia reconvertido a un diario de ocho páginas, perfil opinativo y militante, que fue cerrado durante el gobierno surgido del golpe de 1943 y, tras su reapertura, saludada desde la prensa liberal, duramente enfrentado desde el peronismo.
Debe destacarse el enfoque sagaz del libro de Buonuome, que por su propio enfoque logra salir del corset de un objeto que podría agotarse sobre sí mismo o la cultura del socialismo, para ofrecer una perspectiva más amplia sobre un período de mediano plazo y fuertes transformaciones (aunque el lector no especializado podrá toparse con algunas cuestiones sin respuesta, especialmente en que la presentación de ciertos criterios formales de la publicación no aparecen uniformemente considerados a lo largo del trabajo).
Un diario para el pueblo es, finalmente, un aporte relevante para comprender las relaciones entre prensa y política entre fines del siglo XIX y mediados del XX, que se suma a trabajos clásicos (como el que Sylvia Saítta dedicó a Crítica) y recientes (como el de Javier Guiamet sobre el socialismo y la cultura de masas), amén de una lista de investigaciones centradas en el Partido Socialista o atentas al rol de sus figuras (entre otros, deben contarse textos de Osvaldo Graciano, Carlos Herrera, Ricardo Martínez Mazzola, Andrés Bisso, Marcela García Sebastiani, Flavia Fiorucci o Jorge Nállim).